lunes, 26 de agosto de 2013

CUARENTA Y SIETE: CINDERELLA PERDERÁ LOS ZAPATOS DE CRISTAL.

"Ella se fue esperando que él la detuviera, 
él la dejó ir esperando que ella regresara."

● _____: 
Tan pronto pude volver al backstage ignoré las miradas boquiabiertas de todas y salí de allí a paso rápido. Me perdí entre la multitud de tíos que ahora pujaban por la siguiente chica mientras buscaba al mío. Ni con los tacones conseguía superar en altura a aquellos mastodontes, por lo que acabé perdida de verdad.
Un fuerte brazo sujetó el mío tirando de mí hacia un lugar más privado.
—Te estaba buscan…–me cortó.
—Lo siento. –cogí su cara entre mis manos y lo obligué a mirarme.
—No lo sientas, has hecho lo que has podido.
—Pero iba a ser nuestra noche, yo iba a quitarte ese vestido.
—Y nadie más que tú va a hacerlo, –lo miré, intentando tranquilizarlo, pero nada parecía dar resultado– además va a ser justo a las doce.
—¿Cinderella perderá los zapatos de cristal? –bromeó, por lo menos había calmado la situación.
—No, idiota. –tuve la necesidad de tirar por el lazo de su cuello y acercarlo a mí, pero no quería caer en la tentación de saltarme las reglas y terminar en la habitación ahora mismo.– A las doce adiós señor Fogg, hola noche con mi chico.
—¿Soy tu chico, nena? –esa condenada sonrisa pícara me mataba, eso sí que incitaba al pecado. Acabé sucumbiendo y tirando del cuello de su camisa para volver a unir sus labios a los míos. Me inclinó hacia atrás como antes, solo que esta vez llevó su mano a la abertura lateral de mi traje. Acarició mi pierna hasta hacer que esta se alzara.
—Por supuesto. –dije entre besos y dejé que pensase que me tenía controlada, para luego dar un paso en falso y aprisionarlo contra la pared que nos escondía. Mis labios a la altura perfecta de su cuello para succionar su piel, haciéndolo soltar un gemido gutural mientras chupaba.– Y lo marco con uñas y dientes. –entre la espalda y el cuello, quedaría rojo de por vida.
—«Atención, citas, súbanse a la pasarela.» –Jane volvía a interrumpirnos y suspiré resignada.
—A las doce estaré en tu puerta.
—Pero y si… –corté de cuajo sus dudas.
—Y si a las doce y un minuto aún no llamé como una posesa, puedes avisar hasta a los bomberos si quieres. –soltó una carcajada y me besó por última vez.
—Hoy pongo yo el chocolate, gatita. –susurró en mi oído con el pecho pegado a mi espalda, dándome una palmada en el trasero y haciéndome sonrojar.  Acabé por reír ante la tentación antes de cruzar el muro que nos hacía de refugio improvisado. No sin antes girarme y soltar un ronroneo de gato, guiñándole un ojo.  
A lo largo de la pasarela nos colocamos todas las chicas por orden de lista, y nuestros respectivos hombres subían a llevarnos de la mano. Sonreí cuando el señor Fogg me tendió la suya y bajamos de la pasarela. Crucé miradas con Harry, el que seguía apoyado en la pared en la que antes nos habíamos escondido, con las manos en los bolsillos y su mirada clavada en nuestras manos unidas. Fruncí los labios mientras seguía al señor Fogg a donde quiera que me llevase, hasta que al adentrarnos en el bosque, me ganó la curiosidad.
—¿A dónde me lleva?
—Hace un par de días, en uno de mis usuales paseos nocturnos hice un par de descubrimientos. –me miró con el ceño en alto, haciendo una pausa. Esa mirada iba con segundas, pero en este momento no me apetecía descifrarlas.– Y entre ellos encontré otro lugar en el bosque, muy cerca del claro, donde te tengo una sorpresa.
Hace un par de días, claro, noche, paseo nocturno, ¿estaba insinuando que me vio a mí y a Harry…? Si es así no podría volver a mirarlo a la cara jamás.
Toda vergüenza se esfumó cuando él se detuvo, haciendo que chocase con su espalda él, consiguiendo que tuviese que recomponerme. Incliné la cabeza hacia un lado, observando el lugar detrás de él. Cientos de velas de diferentes colores hacían un doble círculo sobre la hierba, justo resaltando los pétalos caídos de las flores de los árboles en su interior. Me guió hasta que estuve en el círculo, había unas vistas impresionantes del cielo, mejores incluso que las del claro. Se alejó un momento para luego volver con una toalla blanca, y estirarla en el suelo del centro del círculo.
—Para que no te manches el vestido, que por cierto, estás preciosa. –me sonrió sin desviar su mirada en ningún momento de la mía.
—Gracias. –me dejé caer con cuidado en ella mientras él se sentaba a mi lado.– ¿Cómo has conseguido hacer todo esto?
—Bueno, muchas veces me has hablado de lo mucho que te había gustado el campus el día que interpretaste una obra, y me lo has descrito con el mínimo detalle, así que lo primero que he pensado para nuestra cita han sido las velas.  –nuestra cita. De acuerdo, eso sonaba muy raro. Él había estado pensando en algo para hacer esta cita perfecta, mientras que yo creía que la cita perfecta era pasarme la noche en la cama de Harry. Ahora me sentía muy… ¿cómo Sam?– La verdad es que sé tantas cosas de ti que no sabía cuál de todas las que te gustan escoger para nuestra cita. –reiteró las últimas palabras, remarcándolas, aparentemente a propósito.
—Eso es porque siempre hablamos de mí. Tú nunca me cuentas tu vida. –entonces clavé la mirada en él.– ¿Estás casado? ¿Con hijos? ¿Casa y coche?
—Iba a casarme, pero mi prometida falleció.
—Oh, lo… lo siento. –tartamudeé, por lo que busqué una excusa para hace la situación más amena.– Pero aun así te has pasado con todo esto. Aún por encima de que te obligo a pujar por mí…
—No me obligaste, yo te lo prometí. –asentí y me quedé callada. Quizás, si fuese menos celosa, ahora no pasaría esto.
—Sé que estás con Harry. –su voz irrumpió en mis pensamientos, y volví a mirarlo, creyendo haber escuchado mal. Pero cuando él me devolvió la mirada, expectante, supe que lo había dicho en serio. ¿Cómo se habrá enterado? ¿O lo insinúa porque sí nos ha visto el viernes?
—¿Cómo lo sabes?
—Todas las alumnas están revolucionadas hablando de ello, es el cotilleo oficial. Y no escatimáis en muestras de amor públicas. –rió con lo último.
—Bueno, eh… –ahora sí que me sentía avergonzada. Desvié la mirada de él, hacia abajo, fijándome en el reloj que llevaba en su mano. Las doce justas. Ahora sí que empezaba mi cita de esta noche.– Eh, son las doce. Tengo que irme. –me levanté del suelo al mismo tiempo que él.
—¿Mi cinderella va a perder los zapatos de cristal? –aquello me hizo girarme para mirarlo. Lo mismo me había dicho Harry, ¿la diferencia? Yo no era la cenicienta del señor Fogg.
«Vamos, ____, no puedes enfadarte por eso.»
Soy una malcriada, por lo que tengo derecho a hacerlo.
—Sí. –disimulé mi repentino cabreo con una sonrisa y retomé mi camino hacia el instituto.
—Espera, ____. –me retuvo sujetándome por el brazo, obligándome a girarme hacia él de nuevo.
—¿Qué pasa, señor Fogg?
—Nunca te lo he dicho, pero eres muy parecida a tu madre.
—Gra… –estuve a punto de agradecérselo, como a todas las personas conocidas de la familia que me decían ese, para mí, enorme cumplido, hasta que caí en la cuenta de que nunca le había hablado a él de mi madre. Y mucho menos haberle enseñado ninguna foto como referencia.– ¿De qué conoce usted a mi madre? –di un paso atrás, desconfiada, soltándome de su agarre.
—Yo quería a tu madre, _____, iba a casarme con ella. –di otro paso atrás, pero él se acercó. Mi mano se alzó temerosa contra él, para mantener las distancias.
—No. ¿Tú la mataste? –a pesar de las numerosas veces que me atraganté con las palabras, él pareció entenderme. Si lo afirmaba, sacaría fuerzas de donde fuese y sería yo la que lo mataría a él.
—Ella quería a tu padre. –aquella fue la corroboración que necesitaba.

● Harry:
 —No viene. –dije ya en la tercera vuelta con la que recorría la habitación.
—Cálmate Harry, si está de camino, aún tiene que recorrer todo el pasillo. 
—Ella dijo que estaría aquí a las doce.
—Bueno, son las doce y diez, –Niall, aquello no iba a conseguir que me calmase, y menos sabiendo que se retrasaba esos diez minutos por culpa del profesor de literatura.– en un par de minutos ella entrará por esa puerta y nosotros nos iremos, para que podáis hacer de las vuestras.
—Lo que voy a hacer es ir a buscarla.
—Va a enfadarse porque creerá que no confías en ella. –me detuve en la puerta y miré al rubio, que jugaba a tocar unos acordes en su guitarra, sentado en la cama.
—Prefiero que esté enfadada conmigo a que pase un minuto más a solas con ese tipo.
—De acuerdo, novio obsesivo compulsivo, controlador celoso. –se burló y yo salí de allí soltando un gruñido, para luego correr, literalmente, por el pasillo hasta salir al campus.
La última vez que la había visto había sido de la mano con el profesor, mientras este la arrastraba al interior del bosque. Caminé hacia el claro, pero este estaba vacío. Si tenía que buscar en todo el campus que rodeaba el edificio, me iba a llevar horas. Pero para mi suerte, un ápice de luz brillaba un par de metros más allá, tras los árboles en flor. Luz de velas, por lo que supuse que serían ellos y aún no se habrían ido.
Me quedé detrás del árbol, viendo como continuaban la conversación. Uno delante del otro y _____ no parecía muy contenta. Supuse que sería una discusión.
 —Destruiste mi familia. –ella musitó. Pero yo estaba lo suficientemente cerca, y confuso, como para escucharla.
—¡No, ______! Tu madre tenía que… –ella negó con la cabeza y retrocedió cuando él se le acercaba.
—Ni se te ocurra acercarte. –su voz temblaba, quebrada.– ¿¡Por qué tuviste que matarla!? –abrí los ojos y di un paso adelante.
—¡Ella era mía! –el profesor parecía fuera de sí.– Y tu padre tuvo que meterse en medio. ¡Teníamos tantas cosas planeadas! Íbamos a formar una familia y él me la quitó.
—¡No era tuya, ¿sabes?! No era un maldito objeto. ¡Era mi madre! Y se quedó por mí.
—Cállate. –enfurecí cuando se acercó aún más a ella.
—¿Sorprendido? –se mantuvo fuerte, pero  sus ojos decían que estaba a punto de caer sin poder volver a levantarse.– Ella se quedó por mí, ¡tú estropeaste todo! Tú me quitaste lo único bueno que tenía, hiciste que mi vida se desmoronase de golpe. –tensó la mandíbula, apretaba los dientes para evitar llorar.
—Pero, ¡tu padre…! –él la cogió del hombro y mis puños se cerraron con fuerza.
—¡Deja de echar las culpas a mi padre! ¡Él no la mató! ¡Fuiste tú! Y aunque me joda decirlo, mi madre te quería, capullo.– primera lágrima y empecé a andar hacia allí.– Ella solo quería que yo fuese feliz, y por un imbécil como tú perdió la vida. –escupió.– ¡Suéltame! –finalmente las lágrimas empezaron a deslizarse desde sus párpados, amortiguadas por sus labios y lo único que él hizo fue sujetarla más fuerte.
—Ella ha dicho que la sueltes. –me metí. ______ ya había sufrido bastante. Mi nombre se escapó de entre sus labios con un susurro y temblé interiormente al verla mirarme con el brillo usual en sus ojos cada vez que me veía.
—Styles, creo que esto no es cosa tuya. –el señor Fogg me miró, sin soltarla. Lo que me obligó a meterme entre ellos, por fin liberó su agarre del brazo de Selley y seguimos plantándonos cara. Él era solo un par de centímetros más alto que yo, pero eso no me echaría atrás.
—Sí lo es cuando ella está en medio. –los brazos de Selley aferrándose a mi espalda, temblando, me irritaron aún más.
—Lárgate, Harry. _____ es mía y voy a llevármela. –la mandíbula se me desencajó. Sabía que este tipo no era de fiar.
—Repite eso y lo único que te llevarás será una gran paliza de mi parte.
—¡He dicho que te largues!
En unos segundos los dos estábamos en el suelo, él sobre mí, forcejeando para intentar matarnos a golpes.
—¡Harry! –el grito de ______ nos pilló desprevenidos a ambos, pero Ruphert aprovechó para darme un puñetazo. Sentí sangrar el labio. Ella estaba llorando, y gritando mi nombre. Y lo único que quería era acabar de matar al profesor para abrazarla y convencerla de que todo estaría bien. Entonces pegué en su cara varios golpes, haciéndolo quejarse, y volvimos a forcejear.
Selley se metió en medio, cogiendo por los hombros al señor Fogg, lo que yo utilicé para ponerme sobre él, desconcertándolo y golpeándolo con toda la fuerza que pude reunir.
—¡Para, Harry! ¡No merece la pena! –oh, sí, sí que la merecía.
Sentí dos brazos sobre mis hombros, pero eran demasiado fuertes para ser de ella. No me había dado cuenta, pero todo el profesorado y dirección estaban ya allí, además de Jane y Liam.
Me separaron a la fuerza, y dejándome con las ganas de seguir pegándole, del cuerpo de aquel gilipollas. A él también lo sujetaron, pero a diferencia de mí, no lo soltaron. Busqué a ____ con la mirada, hasta encontrarla hablando con el director, temblando, indefensa y sollozando. Ella asintió y este se acercó a mí.
—La señorita Selley corroboró que el señor Fogg había confesado ser el asesino de su madre, y también que tú estás al tanto de la historia. ¿Llegaste a escuchar algo de la conversación, Harry?
—Estaba presente, y él la sujetaba en contra de su voluntad mientras discutían.
Cada vez que intentaba acercarme a ella, algo me lo impedía. Preguntas y más preguntas. Al parecer, Liam y Jane, en medio de su cita paseando por el campus, presenciaron la pelea y corrieron a avisar al director.
Acudió la policía, nos tomó testimonio a todos, y entonces decidí ignorar a los que se me acercaban, sino no podría hablar con ella. Cuando por fin la vi, alejada del círculo de personas, me hice paso entre toda la gente dispuesto a abrazarla, pero al parecer, alguien se me adelantó. Su padre.
Su padre estaba allí.
A paso más lento me acerqué. Fue entonces cuando observé a Sam, seguida de un par de hombres cargados con un montón de maletas, salir del internado. Las cosas se cargaron en el coche que había tras ellos. _____ por fin se dio cuenta de mi presencia y dejó de abrazar a su padre para dar dos pasos hacia mí.
Aunque ahora el que estaba en shock era yo. Las puertas que rodeaban el internado volvieron a abrirse, dejando entrar un vehículo todoterreno plateado. Ya lo conocía y no podía apartar la mirada de él.
«No puede ser.»
Rose. Ese era el mismo coche que se la había llevado, el que hacía un año me había quitado una de las pocas cosas que había querido nunca. Y ahora estaba allí, de nuevo. ¿Había vuelto para quedarse? ¿Eran imaginaciones mías?
—Vámonos, ______, es hora de volver a casa. –aquella voz, grave, que identifiqué como el padre de Selley me hizo volver a la realidad de golpe. La miré a ella, separada un metro de mí. La mirada cristalizada, siendo consciente de mi embobamiento hacia aquel coche.
Le había fallado.
Una lágrima corrió por su mejilla y tuve la necesidad de acortar la distancia para secársela. Pero no lo hice. No me moví. En cambio ella, la que debía irse ya, sí se acercó, con las manos detrás de su cuello. Se detuvo a apenas unos centímetros de mí y cogió mi mano, sin decir nada, para entrelazarla.
Sentí algo frío entre nuestras palmas, cuando se separó descubrí en mi mano la cadena de plata que le había dado hace unas horas. Volví a verla caminar lejos de mí, y a cada paso que daba era consciente de que la perdía un poco más.
Pensé que se iría sin despedirse, sabía de sobra que debía hacer algo para detenerla. Mi cuerpo no se movió, el suyo se detuvo a un par de metros, se giró para verme por última vez y sus lágrimas me rompieron por dentro. Vi a través de sus ojos que estaba rota.
—Gracias por ser una de las mejores cosas que me ha pasado en este tiempo. –oí su quebrada voz pero no dije nada.– No estoy segura de que vayamos a volver a vernos. –sollozó y sorbió las lágrimas. Quería abrazarla, correr y besarla. Retenerla conmigo.– Te amo, Harry.
Aquello aceleró mi corazón de tal manera que creí que se escucharía hasta en la otra punta del país. Este era el momento de hacer algo, de intervenir. De rogar que se quedase. Debía interponerme en su camino e impedir que se marchase.

Pero solo vi cómo se alejaba más y más de mí, mientras yo me quedaba allí quieto, con las ganas de gritarle que yo sentía lo mismo por ella. Siendo consciente de que a cada paso que daba la perdía un poco más. No volvió a mirarme. Seguí con la mirada el camino que recorría su coche, fue entonces, cuando el vehículo hubo salido completamente del internado, cuando supe que la había perdido para siempre.

·En el próximo capítulo·
—He pasado página tantas veces a lo largo de mi vida, que he descubierto que siempre acabo en la misma mierda. Lo que necesito es cambiar de libro, este no me gusta.
—¿Eso quiere decir que vas a intentar olvidar a ____? –volvió a preguntar.
—Jamás. Eso quiere decir que quiero un maldito libro en el que los únicos personajes seamos ella y yo. 

lunes, 19 de agosto de 2013

CUARENTA Y SEIS: ESTÁS JODIDAMENTE INCREÍBLE ESTA NOCHE.

● _____: 

—Oh oh, Sam. –me detuve antes de empezar a desvestirme.
—¿Qué pasa? ¿Problemas con el vestido? ¿Los nervios? ¿El pelo? ¿Maquillaje? –la nerviosa en todo caso era ella.– Aún quedan dos horas, podemos arreglar lo que sea, creo.
—No es eso… Acabo de recordar que… oh, estoy en un lío. –me cubrí los ojos con ambas manos, mirándola por el espacio de entre dos dedos.
—Quieres hacer el favor de explicarte, mujer. –empezó a exasperarse.
—Le pedí al señor Fogg que pujase por mí. –entrecerré los ojos, esperando su reacción. Su boca se abrió en forma de “o”.
—Sí, señorita, estás en un gran lío. ¡Un enorme e inmenso lío!
—Calma, solo tengo que hablar con Harry y explicarle las cosas, así no va a sacar conclusiones precipitadas.
—Expliques lo que le expliques, va a sacar conclusiones precipitadas de todos modos. –alzó el ceño mirándome y continuó bailando alrededor de su cama con su largo vestido.– Es más fácil si le pides al señor Fogg, amablemente, que no puje por ti.
—Eso sería muy irrespetuoso. Yo se lo pedí, como para decirle que no lo haga.
—Está bien, nena, entonces no hagas nada y deja que se desate la tercera guerra mundial.
—¿Tan mal crees que se lo va a tomar? –¡Y yo que sabía que las cosas terminarían así! Se lo había pedido después de ver como Harry se enrollaba con Mía delante de mí en un pasillo. Aquello me transmitió directa en el alma una punzada de dolor.  Bueno, ahora solo estaría conmigo… Si conseguía salir viva después de contárselo.
—¿¡Tú que crees!? –vaciló como respuesta.– Eres su novia. Oficialmente. La primera, única e incondicional. Si antes ya era celoso, ahora querrá despellejar a todos los hombres que se te acerquen. Los novios son así, te sueltan el rollo de “confío en ti, es en él en el que no confío” –burló la voz ronca de un hombre.– para hacer que te sientas mal y accedas a no mirar a otro jamás en tu vida.
—Creo que debería ir a hablar con él. –solté mi vestido sobre la cama.
—Pero… ¡la subasta! ¡El vestido! Hay que cambiarse, _______. ¡Solo nos quedan dos horas! –exageró.
—En realidad apenas necesito veinte minutos. –mentí saliendo de la habitación a la vez que buscaba el número de Harry para escribirle un mensaje.
«Mueve tu culo perezoso de la cama y plántate en el banco del pasillo. Tienes cinco segundos o te las verás conmigo. ¡Te quiero!»
Mandé el mensaje mientras caminaba a paso rápido para doblar a la izquierda por el pasillo de las habitaciones masculinas. Media carrera por el pasillo después, pude divisar los inconfundibles rizos de mi novio.
«¿Qué bien suena eso, no?»
Entonces dejé de lado mi romanticismo para centrarme en lo que llevaba puesto. Formal por arriba, informal por abajo. Lo había pillado cambiándose, sonreí antes de que mi cara empezase a arder, la camisa blanca que llevaba medio abotonada y el lazo negro colgando alrededor de su cuello, aún deshecho,  le daban el toque condenadamente sexy, pero el pantalón de chándal holgado de color gris le daba un toque más desaliñado. Todo eso en mi mente mezclaba un cóctel explosivo. Tenía más ganas de decirle que fuésemos a hacer obscenidades a cualquier lugar en vez de confesarle que le había pedido a otro que no fuese él que pagase por una cita conmigo.
—¿____? Últimamente vives en el pasillo. –aquel brazo sobre mis hombros deteniéndome antes de llegar a mi destino me hizo levantar la cabeza. Hablando del rey de Roma.
—¿Señor Fogg? ¿No debería de estar cambiándose?
—Lo mismo digo. –alzó el ceño.– A nosotros, los hombres, no nos hacen falta dos horas.
—Ya. Eh, señor, yo… – «vamos, _____, dile que no puede pujar por ti porque tienes un novio con el que quieres pasar toda la noche haciendo indecencias, y para el cual escogiste un sexy vestido negro.»
—Hasta después, señorita Selley. –soltó su agarre, caminando por el pasillo por el que yo había venido. No, ¡tienes que decírselo!
—Espere, ¡Ruph…! –no terminé de decir su nombre antes de que se diese la vuelta, me guiñase un ojo, y siguiese su camino. Oh, genial, él también recordaba que debía pujar por mí.
Con dos dedos masajeando mis sienes, retomé el camino hacia Harry, el que ya se había dado cuenta de mi presencia y me esperaba, sentado en el banco con los brazos cruzados y el ceño rozando las nubes.
—Hola rizos. –sonreí sentándome a horcajadas sobre él y jugando con estos. A pesar de su notorio cabreo, producido por los celos, acabó por rodearme la cintura.
—Sí, hola a ti también, ¿qué tal le va al señor Fogg? –cuando pensé que su ceño no podía fruncirse más, lo hizo también con los labios.
—Me encanta cuando te pones celoso, es adorable. –dejé un beso en su mejilla.
—Ya, pero si llego a ser yo quien te pone celoso–
—Tendrías que estar suplicándome perdón durante años. –terminé la frase por él.
—No iba a decir exactamente eso, pero supongo que también vale. –aún estaba enfadado, así que planté un enorme y profundo beso sobre sus labios, moviéndome ligeramente sobre él, hasta que sentí que toda la furia del momento desaparecía por su manera de sujetarme.
—Si estás enfadado por hablar con él, entonces espera a que te confiese lo que tengo que contarte. –ignoró mi comentario y siguió dejando besos por mi cuello.
—¿Y si me lo dices después? Tengo ganas de disfrutar de mi novia, la que se presentó así de sexy. –se comió con la mirada mi ropa y mi escote, literalmente. Quizás el short sí era algo corto de más, y la camiseta muy pronunciada, pero…
—Ya bueno, yo no contaba con encontrarte así, llevaba recorrido solo la mitad del pasillo y ya tenía ganas de gritarte cosas sucias desde allí. –confesé graciosa.
—No eres tan santa como aparentas, en realidad eres una gatita salvaje. –le encantaba llamarme así y a mí se me aceleraba el pulso cada vez que lo hacía.
—Creo que eso quedó demostrado ayer en mi habitación. –brillos de lujuria reflejados en nuestros ojos. Tenía que decirle algo importante y siempre conseguía que acabásemos hablando de otros temas.
—Díselo a las marcas que dejaste en mi espalda, cariño. –aquello sí me hizo sonrojarme de verdad y desde mi posición era algo difícil ocultarlo a sus ojos. Sus manos descendieron de mi cintura.
—Tengo que decirte algo importante, Haz, deja de calentarme. –alzó las manos inocente.
—Está bien, dime qué es eso que va a enfadarme tanto. –esperó impaciente a que las palabras se dignasen a ordenarse en mi mente.
—El señor Fogg va a pujar por mí. –me miró obvio, cosa que ya sabíamos todos, era lo siguiente lo preocupante.– Porque yo se lo pedí. –aquello sí descolocó su mandíbula y antes de que pudiese hacer o decir nada, aprisioné sus muñecas contra el banco.– La razón es que yo… estaba celosa. –rabia, odio e incertidumbre reflejados al mismo tiempo en su rostro.– Ya que tú… y Mía... –sentí como se relajaba al pronunciar el nombre de ella como causa de mis celos.– Bueno. Yo ya sabía que os traíais algo juntos otra vez. Pero no fue hasta que lo vi con mis propios ojos cuando me sentí verdaderamente mal. Entonces le conté mi idea al señor Fogg un día en mi habitación. –aquello volvió a desencajar su mandíbula.– Hablamos de los pros y los contras y acabé pidiéndole que pujase por mí. Sam irrumpió y no pasó nada. –recalqué la última palabra intentando apaciguar su cabreo. 
—Por una vez Sam interrumpe en el momento apropiado. –masculló y no me esforcé en aguantar las carcajadas.
—No te enfades, ¿vale? –busqué sus ojos mientras él bufaba irónico.– Además tengo un vestido negro esperando a que me lo quites. –la tentación que aquello suponía casi consiguió que Harry ablandase la faceta.– Y… –gané su atención de nuevo– tengo un rato libre para hacer que me perdones. –mi sonrisa inclinándose hacia la derecha consiguió borrar hasta la última gota de rabia.
[ … ]
—¡Por fin! –exclamó Sam cuando volví a entrar.– Por un momento pensé que no habías sobrevivido.
—Styles se enfadó de verdad, así que tuve que hacer que me perdonase. –sequé las comisuras de mis labios con dos dedos y ella abrió los ojos de golpe.
—¡Oh dios mío, se la has…! –la corté antes de que soltase alguna barbaridad.
—Claro que no. –no iba a admitir ninguna de las cosas que hacía con Harry a una ninfómana como ella. Prefería ahorrarme los “Te lo dije”.
Sin embargo, ella me miró victoriosa como si supiese de antemano que había acertado. Esta estaba en ropa interior, ya peinada y maquillada, y solo le faltaba el vestido. Uno largo, como todos los de la fiesta, de color rojo pálido. Decidí hacerme de nuevo los tirabuzones mientras Sam tarareaba una letra de canción que sonaba en la radio.  A pesar de sus numerosos intentos, no dejé que fuese ella quién me maquillase, quería llevar más cara que pintura.
Bailando como chifladas en ropa interior del más fino encaje, esperábamos a que se nos secasen las uñas, hasta que nos detuvimos delante de nuestras camas, observando los vestidos. El vestido negro, palabra de honor, que contenía el escote decorado con detalles plateados y una abertura lateral en la pierna se ajustó perfectamente a mi cuerpo cuando Sam me ayudó a subir la cremallera.
—Antes de que te des la vuelta… –roció sobre mí una especie de perfume. Olía genial.– Ahora sí nena, –dejó que me viese en el espejo– Harry no va a querer quitarte el vestido, va a necesitar arrancártelo.
Por primera vez desde que había llegado me subí a unos tacones también color plata, excesivamente altos, pero no tan incómodos como parecían.
—Vamos, Selley, es hora de quedarse en el backstage de la pasarela. –la seguí por el pasillo, deseaba más el final de la fiesta, que esta en sí. – ¿Sabes? Me recuerdas a Angelina Jolie en la película “El señor y la señora Smith” con ese vestido. Ella escondía un arma en la abertura lateral cuando bailaron tango y él… –empezó a soñar despierta hablando y hablando cosas que no lograba a comprender.– Cuando te vean, todo el mundo querrá buscar esa arma en tus bragas. –se rió como una lunática cuando yo me atraganté con el mismísimo aire.
Por suerte tuvo que dejar de decir tonterías cuando estuvimos con todas las demás tías. Sobre ellas, resaltaba su largo pelo rojo, que a diferencia de siempre, contaba con mucho más volumen y un color más vivo. Era la primera vez que veía a Mía con algo que cubriese sus piernas.
—Selley. –me giré hacia la puerta, Jane a pesar de estar vestida para la gala, seguía organizando.– Hay alguien fuera que quiere verte. –caminé hacia ella, él me dijo que vendría, que tenía algo para mí.
No se dio cuenta de que había salido al jardín, donde me habían indicado que se encontraba, ya que estaba de espaldas a mí. A pesar de llevar tacones de diez centímetros, él seguía siendo más alto, pero estos me facilitaron poder cubrir sus ojos desde atrás. Supo que era yo al instante. Cogió mis manos para separarlas y dejar un beso en la palma de ambas antes de girarse.
Sus ojos se abrieron como platos y por un segundo parecía que le faltase el aire. Sujetando una mano me hizo dar una vuelta sobre mí misma, descubriendo mi abertura lateral. Estaba sin palabras.
—Joder, _____. ¿Quieres que me de un infarto? –se mordió el labio, volviendo a recorrerme con la mirada.– Estás jodidamente increíble esta noche.  –pegó mi cuerpo al suyo y yo me acerqué a su oído, esta vez sin necesidad de alzarme de puntillas.
—Bueno, dentro de tres horas estarás arrancando este vestido trozo por trozo.
—Y no sabes cuánto voy a disfrutar de ese momento. –susurró él también.
—«Como actividad lúdica del tercer y último trimestre del Internado San Vicente de Paul, damos comienzo a la pasarela.» –el anuncio resonó por todo el campus. Jane estaba presentándolos ya.
—Tengo que irme, Harry. –dije, pero no hice nada para apartarme.
—No quiero dejarte ir. –me pegó más a él si fue posible y me hizo girar hasta que mi espalda estuvo pegada a su pecho. Deslizó mis bucles por un solo hombro y pronto sentí algo frío colgar de mi cuello. Cuando volvió a colocar mi pelo, cogí en las manos la nueva cadena que llevaba. Un avión de papel, esa que siempre había visto llevar puesta a Harry y por la que nunca había preguntado, no sabía que tuviese un valor tan grande. – Ahora es tuyo. –habló en mi oído, haciéndome caer de vuelta al mundo real.
—Yo no… no sé si me lo merezco Harry. Siempre la has llevado y parece muy valiosa.
—Lo es. No tanto como tú, pero sois las dos únicas cosas que me importan de verdad. Y me encantaría que la llevases. –me giré en sus brazos, quedando más cerca de su cara de lo normal gracias a la nueva altura adquirida.
—No voy a quitármela nunca. –cuando los primeros aplausos, muestra de que la primera chica había salido ya, supimos que debía darme prisa.– Te quiero. –dije antes de que él me besase hasta dejarme sin aliento, inclinándome un poco hacia atrás.
—Y yo, ______, y yo. –besé su comisura antes de caminar hacia el lugar por dónde había salido del backstage, sintiendo su mirada en mi espalda.
—Gracias a mi maravilloso apellido soy de las últimas en salir, ¿esperarás a tu princesa? –me giré para sonreírle en el último momento.
—Todos y cada uno de los días de mi vida. –contestó volviendo a conseguir que me faltase el aire y completamente roja. Esa fue la última visión que tuvo de mí antes de que me reuniese con las demás.
Las cantidades de dinero que habíamos reunido solo al llegar a la mitad de las chicas era impresionante y muchos seguían felicitándome por la idea que había tenido. Sam acababa de salir y observé tras la cortina, sorprendentemente su puja se debatía básicamente entre Zayn y Aaron. Ante el ímpetu de estos, los demás no tenían nada que hacer. Sonreí mientras adjudicaban la cita al moreno y Aaron bufaba de rabia.
—Eres increíble. –reí cuando esta entró librándose de su faceta artificial.
—La pasarela es genial,  ¡eres el centro de atención! –yo sí que empecé a prestar atención cuando salió Mía. Rowling, con R, por lo que la siguiente…
—_____ Selley, sales ahora. –la voz de Jane aclaró mis ecuaciones mentales. Cuando Mía entró, los nervios se apoderaron de mi estómago.
Oír mi nombre en la presentación los hizo desaparecer. Los focos me cegaron un instante pero no dejé que se me notase. Recorrí la larga pasarela lo más sensual que pude, con el colgante reluciendo y mis movimientos dedicados a su anterior dueño. Más manos de las que esperaba se alzaron al empezar la puja. Oculté una carcajada con la mano cuando me encontré con Harry fulminándolos a todos con la mirada.
A medida que el precio se elevaba, y no poco, algunas manos decaían. Mis manos se apretaron contra mi estómago cuando el precio llegó a las dos mil libras. Era una completa locura. La última mano decayó, dejando mi cita a manos de Harry y el señor Fogg. 
«Coge palomitas, _____, esto se pone interesante.» –se burló mi cerebro, pero mis maldiciones mentales lo hicieron acallar.
—Tres mil libras. –esa era la voz del señor Fogg, la misma que me hizo mirarlo con los ojos como platos y la boca en forma de “o”.

—¡Adjudicado! –antes de que Harry pudiese decir nada y seguir pujando, mi noche cayó completamente en manos del profesor. 

·En el próximo capítulo· 
Eh, son las doce. Tengo que irme. –me levanté del suelo al mismo tiempo que él. 
—¿Mi cinderella va a perder los zapatos de cristal? –aquello me hizo girarme para mirarlo. Lo mismo me había dicho Harry, ¿la diferencia? Yo no era la cenicienta del señor Fogg. 
«Vamos, ____, no puedes enfadarte por eso.» 
Soy una malcriada, por lo que tengo derecho a hacerlo.

martes, 13 de agosto de 2013

CUARENTA Y CINCO: LA ESTATURA DE MI NOVIA ES SÚPER SEXY, ¿NO CREES?

● _____: 
El sol de inicios de verano irradiaba en el cielo, y era realmente raro que no hubiese ni una sola nube, dado que nuestro clima no solía ser muy caluroso. A pesar del bochornoso calor, todos los alumnos estaban manos a la obra con la subasta de citas de mañana. Y yo también tenía unas ganas tremendas de ayudar, si no fuese porque descansando sobre el cuerpo de Harry se estaba muchísimo mejor. 
—Eres un pequeño genio, Selley, uno que no es tan inocente como aparenta y tiene un lado salvaje oculto, pero al fin y al cabo, un genio. –concluyó Sam, tumbada sobre el pobre Niall, solo para castigarle sin poder comerse las chocolatinas que había comprado.
 
—¿Qué clase de fantasía sexual estarías teniendo para que se te ocurriese una subasta de citas? –Zayn alzó el ceño, mirándome a mí, luego a Harry, que estaba tumbado sobre la hierba conmigo encima, y de nuevo a mí mientras Liam y Louis reían.
 
—Contigo desde luego no, Malik. –escupió el castaño, pasando sus brazos alrededor de mi cuerpo y colocándolos en mi trasero en ademán posesivo.
 
—Yo sé que tu novia me desea. –continuó y me guiñó un ojo, bromeando.
 
— Es mi novia,  –remarcó– y por lo tanto me desea a mí. –Zayn dio la broma por derrotada y siguieron observando como poco a poco la pasarela en la que las chicas tendríamos que colocarnos mañana mientras los tíos pujaban por nosotras.
 
— Así que... ¿Soy tu novia, Harry? –con un profundo movimiento de mis caderas sobre las suyas y acercando mi cuerpo hasta pegarlo al suyo, aproximé mis labios a su oído para hablar en susurros.
 
—Voy a ser muy posesivo, fulminaré con la mirada a todo hombre que se te acerque para mirarte y me enfadaré cada vez que uno te hable.
 
—Eso se llama celos.
 
—Bueno, cuando tienes novia es normal sentir celos, ¿no?
 
—¿Nunca has tenido novia? –pregunté y negó con un movimiento de cabeza.
—Eres la primera. –confesó.– ¿Y tú? ¿Cuántos novios has tenido?
 
—¿En serio quieres que te hable de ellos?
 
—Sí. Siempre que su nombre venga acompañado de una dirección y confíes en que si alguno de ellos muere accidentalmente, no fue mi culpa.
 
—No hace falta que seas tan posesivo Harry. –le sonreí, mirándolo a los ojos.– Soy tuya.
 
—Repítelo.
 
—Soy toda tuya. –repetí y se lamió el labio superior.
—Qué bien suena eso.
[ … ]
—Dicen que eres la novia de Harry. –la voz aguda y chillona de Mía me hizo girarme antes de entrar a mi habitación, sonreí con sorna, cómo iba a disfrutar esto.
—Dicen bien. –la miré a los ojos a pesar de que me sacaba una cabeza y con tacones aún más.
—¿Esperas que me lo crea?
—¿A caso no has venido a confirmarlo? –un duelo de miradas entre nosotras dos desató una guerra que nadie más pareció percibir.
—Él es mío.
—Me parece que has llegado tarde. –escupí con una sonrisa falsa en la cara.
—Y a mí me parece que no me estás entendiendo. –amenazó.– Ya has pasado por su cama, –por su cama, casi en una piscina, encima del piano, a la luz de la luna y las estrellas…– así que ahora, enana, deja de hacerte la inocente, y deja a Harry en manos de…
—¿En manos de quién? –aquella voz grave y pausada hizo que se me erizase la piel, y cuando pasó un brazo sobre mis hombros mis terminaciones nerviosas empezaron a saltar.
—Oh, hola Harry. –la pelirroja fingió una sonrisa que perfectamente parecía auténtica.– Simplemente hablaba con la “enana” de Selley. –escupió mi apodo con una mueca de asco, y luego volvió a sonreír.
—Mhmm, “enana” –el tono de Harry era tan suave que me hizo estremecer.– Tienes razón, la estatura de mi novia es súper sexy, ¿no crees? –se burló y yo aguanté la risa.
—Por supuesto. –los ojos de Mía se inyectaron en sangre al volver a mirarme. Ardía por dentro e iba a necesitar mucho más que un cubo de agua para apagarse.– Tengo que ir a…voy a… Adiós. –se alejó por el pasillo como alma que lleva el diablo y entonces no reprimí la risa.
—¿Voy a tener que aguantar al resto de tus antiguas amantes también? –lo miré con el ceño en alto. Se acercaba peligrosamente y yo retrocedí hasta toparme con la pared.
—Quién sabe…–sus manos a ambos lados de mi cabeza. Se avecinaba un espectáculo en medio del maldito pasillo y teníamos la habitación al lado.
—¿Crees que mi estatura es sexy? –mis manos rodearon su cuello y las suyas bajaron durante un segundo a mis caderas.
—Indudablemente sí. Y más cuando al hacer esto, –alzó mis caderas contra la pared y se aprisionó entre mis piernas.– encajas tan bien con mi cuerpo.
—¿Y yo? ¿Yo lo soy? –pregunté antes de dirigirme a su cuello y colocar mis labios abiertos sobre su piel. Succioné la sangre lo suficiente como para dejarlo marcado.
—Pareces inocente, pero eres una gata salvaje, –habló al sentir la marca que le había dejado en el cuello.– una gatita condenadamente sexy. –gemí en alto cuando se insinuó contra mis caderas y con la lengua dibujó un camino desde mis clavículas hasta mi mandíbula.
—La habitación está al lado, no hay nadie y tengo un condón de chocolate  guardado en la teta derecha.– un suspiro saliendo de sus labios corroboró lo sorprendido que le habían dejado mis palabras y ascendió una de sus manos hacia mi pecho para confirmar mi confesión.– ¿Crees que es suficiente para encerrarnos ahí dentro y dejes a esta gata salvaje hacer de las suyas? –ronroneé tirando de su cabeza para enterrarla más en mi cuello y seguir disfrutando de sus besos.


·En el próximo capítulo· 

—Tengo que decirte algo importante, Haz, deja de calentarme. –alzó las manos inocente.
—Está bien, dime qué es eso que va a enfadarme tanto. –esperó impaciente a que las palabras se dignasen a ordenarse en mi mente.
—El señor Fogg va a pujar por mí. –me miró obvio, cosa que ya sabíamos todos, era lo siguiente lo preocupante.– Porque yo se lo pedí. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

CUARENTA Y CUATRO: TENGO UNA CITA.

● _____: 
—¡Por fin viernes, por fin se acabaron los exámenes y por fin es hora de comer! –saludé entusiasmada a Sam sentándome en la mesa con ella.
—No puedo creérmelo. –dijo.– ¡Se acabaron! –celebró para después reírse como una loca. Solté un suspiro enorme. Estábamos a tres semanas de fin de curso y para la semana se celebraba la subasta de citas. ¡Nada podía ser mejor!– ¡Hay que celebrarlo en serio! ¿Tienes esta noche libre? –tan pronto pronunció las palabras “esta noche” me mordí el labio y mis pómulos se encendieron. Negué con la cabeza sin saber cómo decírselo, de manera que no se enterase medio internado.
—Tengo una cita con Harry. –se atragantó con el mismísimo aire, para luego mirarme mientras su ceño se alzaba por los aires.
—¿Qué? ¿¡Por fin!? –preguntó incrédula y solté una risilla nerviosa. Y no lo estaba precisamente porque Sam lo supiera, sino porque sonaba raro. “Cita con Harry”. No es la primera vez que estábamos solos, pero…por un momento me sentí insegura, hasta que recordé la forma en la que me lo había pedido.

FLASHBACK
—Adivina quién va a venir esta noche conmigo a ver las estrellas al claro. –me dijo cuándo me detuvo en medio del corredor.
—No lo sé. –alcé el ceño preparada para pegarle tan pronto dijese el nombre de alguna chica.
—¡Tú! –me atraganté y me costó respirar.
—¿Qué?
—Hasta esta noche a las diez, Selley. –sentenció antes de alejarse por el pasillo.
FIN FLASHBACK

—Vaya… Bueno, supongo que tendré que darte esto, ya que por fin llegó la ocasión. –miré expectante a la morena mientras ella rebuscaba en su mochila. Me lanzó un cuadrado envase de plástico color marrón. Al descubrir lo que era, la miré alzando el ceño.
—Para mi primera cita con Harry me das un condón. –ironicé– De chocolate. –solté una carcajada mientras lo guardaba en el bolsillo.
—Es lo único que vas a necesitar, monada.  –se encogió de hombros, guiñándome un ojo.
[ … ]
—¿Qué tal estoy? –pregunté a Sam, al acabar de peinarme. Esta me miró.

—Preciosa. –no fue su voz la que respondió, giré sobre mis talones para encontrarme a la cara de Harry asomada por la puerta.

—¿No te han enseñado a llamar antes de entrar? ¿Qué pasaría si estuviera en bragas, eh? –bromeé.

—Eso Harry, que da mala suerte ver a la novia antes de la boda. –el vacile de Sam ya me tardaba en llegar.

—No vamos a casarnos. Solo a ver las estrellas. –caminé a la puerta  a paso rápido, intentando evitar la respuesta de la morena, pero no fui capaz.

—No dirás lo mismo cuando yo te lleve al altar, guapa.  –suspiré cuando por fin salimos de allí, caminando hacia el claro. Harry llevaba sobre los hombros un mantel enorme, o una toalla, sobre la que seguramente nos tumbaríamos.

—Necesita sexo.

—A mí no me mires. –se encogió de brazos.– No suelo ceder a ser un juguete sexual, pero si es por tu amiga… –le di un golpe en el hombro y él pasó su brazo sobre los míos, pegándome a él todo lo que le fue posible.

Estiró la enorme toalla sobre el claro. Las estrellas brillaban junto con la luz de la luna, las únicas que nos iluminaban. Nos tiramos sobre el mantel y pronto sentí vibrar uno de mis bolsillos. Acababa de recibir un mensaje de Sam.

«Ir a observar las estrellas es la excusa más barata que se te podía haber ocurrido. No desperdicies mi regalo, así que procura que se te escuche hasta aquí. Te amo. Por cierto, no se lo enseñes a Harry, que igual se pone celoso.»

Reí a carcajadas y rodé hasta quedarme a horcajadas sobre Harry.

—Léelo. –soltó una sonora carcajada cuando acabó.

—¿Qué te regaló?

—Una idiotez de las suyas, ya sabes. –besé su cuello, su mandíbula, un suave beso sobre sus labios, para volver al cuello. Sus manos recorrieron mi espalda hasta llegar a mi trasero, el pequeño paquete de plástico sonó cuando Harry rozó el bolsillo trasero de mi pantalón. Introdujo su mano en él, y se hizo con el envoltorio marrón. Me miró irónico con él entre dos dedos.

—A ver si adivino, ¿el regalo de Sam? –asentí, y lo arrebaté de sus manos.– Mmm… –se lamió los labios, maldito sensual.– ¿Chocolate, eh? Y yo pensé que eras inocente. –sus manos, aun en mi trasero, tiraron de mí hacia arriba, moviéndome sobre él. Habla el que está intentando calentarme. – ¿Vas a usarlo?

—Obviamente. –lo devolví a su lugar inicial.

—Dime un día, un lugar y una hora y allí estaré, mi amor. –vaciló y yo reí. ¿Quieres jugar a ver quién es más sexy, Harry? Porque en ese juego pueden divertirse dos.

—¿Quién ha dicho que vaya a ser contigo? –ronroneé y me dejé caer de sus brazos.

—Yo, yo lo he dicho. –con una carcajada me quedé mirando el cielo.

Mamá.

¿Estaría observándome ahora? ¿Seguirá cuidando de mí? La echo de menos y sé de sobra que nadie va a poder llenar el vacío que dejó ella al irse.

—¿Por qué? –pregunté, al idealizar dónde me encontraba y en compañía de quién.

—Por qué, ¿qué? –repitió.

—Se me hace extraño que me pidas salir.

—¿Se te sigue haciendo raro que quiera estar contigo? –alzó el ceño.

—Supongo que nosotros, aquí, sí es raro. –volví a mirar las estrellas, hasta que me di de cuenta de que Harry no quitaba la vista de mí.

—¿Qué pasa? –cuando clavé la vista en sus ojos, estos estaban del color verde más vivo visto nunca– ¿No miras las estrellas?

—Prefiero verte a ti. Estás más cerca. –se incorporó.– Resaltas entre todas las demás. –se acercó, hasta casi estar completamente sobre mí.– Eres la única estrella que veo al mirar al cielo, eres la que me guía, por la que esperaría todo el día solo para verla por la noche. –rozó mis labios con los suyos. Mi pecho latía a mil por hora bajo su cuerpo y estaba a punto de embestir en la primera curva. Sus manos avanzaron bajo mi camiseta, quemando la piel allí por donde tocaban.

—¿Escuchas eso? –pregunté, ganándome una mirada más intensa.– Es mi maldito corazón, Harry. Va a salírseme del pecho por tu culpa. No sé si debería odiar que seas tú el único que puede hacer eso, pero no lo hago. Me gusta. Me gusta, maldita sea. –llevé sus manos más arriba, bajo la camiseta, la que ahora sobraba. Antes de que él pudiese besarme, hablé de nuevo.– Harry, espera.

—Dime. –dijo demasiado cerca de mis labios.

—Mi madre, nos está mirando. –por su faceta vi que acababa de recordar la historia que yo le había contado. Y por el ápice de lujuria que se reflejó en sus ojos, me di cuenta de que se lo había contado justo antes de nuestra primera vez juntos.


—Oh. –Harry clavó la vista en el cielo– Señora Selley, voy a besar a su hija, porque me vuelve condenadamente loco. La deseo, la deseo infinitamente, pero no haremos nada que usted no haya hecho antes, ¿de acuerdo? –luego volvió a clavar la mirada en mí. Una cargada de deseo, y reflejada en sus inmensas pupilas supe que la mía estaba igual.– ¿Crees que así será suficiente? –se mordió el labio, prueba de que no iba a poder aguantar mucho más. Asentí soltando un suave gemido antes de tirar de su cuello hacia mí y unir nuestros labios.

·En el próximo capítulo·
—Dicen que eres la novia de Harry. 
—Dicen bien.

jueves, 1 de agosto de 2013

CUARENTA Y TRES: NUESTROS CELOS ACABARÁN MATÁNDONOS.

● _____: 

Entré siguiendo al último alumno a la clase de lengua lo más rápido que pude. Sonreí inocentemente al señor Fogg antes de dirigirme a mi sitio.
—Buenos días. –sonreí a Harry. Ni idea de cómo iba a agradecérselo todo.
—Buenos días, Selley. ¿Estás bien? –asentí sonriendo, para restarle importancia a mi estado.
—Sí, he tenido a alguien que ha sabido cuidar muy bien de mí. –le guiñé un ojo y ocupé mi sitio cuando empezó la clase.
Si hoy, dos días después, había olvidado casi por completo el altercado con Erik había sido gracias a Harry. Se había empeñado en quedarse conmigo  cuando despertó, faltamos a todas las clases solo para quedarnos tirados en cama, hablando. Y me había costado dejarlo ir la noche pasada para retomar las clases hoy.
—Sé que nadie va a aprenderse el temario para el examen de mañana. –la voz del señor Fogg me hizo centrarme.– Así que haréis un resumen por parejas. Os juntáis con el que esté sentado delante de vosotros y así, quizás os quede algo en la memoria. –sonreí a Trevor mientras este se sentaba conmigo, entretanto intentaba ignorar el sonido de los tacones de Jennifer mientras caminaba hacia la mesa de Harry.– Lo entregaréis antes del examen, cuenta un diez por ciento de la nota.
—¿Quedamos hoy en la biblioteca o hacemos cada uno el suyo y entregamos el que mejor quede? –propuse mientras él sacaba su temario.
—Nunca…nunca quedé con nadie. Así que prefiero estudiar solo. –era muy, muy tímido. Adorable. Trabajamos hasta que la primera clase acabó, y acordamos vernos mañana un poco más temprano para ver los resúmenes. Caminé hacia la puerta, dónde Harry se despedía de la rubia con un guiño de ojo y se quedaba para esperarme. Lo miré con el ceño en alto y una mirada intimidante.
—Oh, vamos Selley, no puedo creer que ye hayas puesto celosa. –se burló, pasándome un brazo por los hombros, mientras salíamos al pasillo.
—¿Celosa? ¿De ti? Jam…–otra voz a nuestras espaldas me interrumpió.
—¡____! –nos giramos y Harry soltó mis hombros.
—¡Señor Fogg! –le mostré la lengua.– Sigo esperando esas preguntas.
—Ya…¿Estás bien? Me enteré de lo del señor Evans. Le abrimos expediente y está en trámites de expulsión.  –Harry rodó los ojos.
—Sí, gracias. –me dio un abrazo, revolviéndome el pelo, como otras veces y oí un leve gruñido de Harry.
«El karma es una perra, mi amor.» –reí interiormente antes de decirle adiós con la mano al profesor y seguimos caminando.
—Oh, vamos Harry, no puedo creer que te hayas puesto celoso. –se la devolví y él volvió a soltar un gruñido. Rocé su mano a propósito y la mantuve pegada a la suya, cuando clavó su mirada irónica en mí lo miré inocente y me encogí de hombros con un sonrisa, consiguiendo que Harry entrelazase sus dedos con los míos.
—¿Vas a ir esta tarde a la biblioteca? –pregunté.
—No lo sé, estoy cansado de tantos temas distintos.
—Venga, son los últimos exámenes.
—No me importan. –se encogió de hombros. Me puse en frente de él, aun sujetando su mano, haciendo que casi chocase su cuerpo con el mío.
—¿Cómo que no te importan? –lo fulminé con la mirada.– Quiero verte allí, Styles. Y si no tendré que ir a buscarte y llevarte arrastro.
[ … ]
Sam y yo nos hicimos paso entre la multitud de alumnos del pasillo y llegamos a la puerta de la biblioteca, donde cinco rostros conocidos nos estaban esperando.
—Adelante, señoritas. –fingiendo formalidad, Zayn nos cedió el paso a dentro y cogimos la mesa del fondo, ocupándola completamente. Busqué con la mirada la zona de los libros de literatura, sin éxito.
—No creo que aquí encuentres al señor Fogg, guapa. –Harry, sentado a mi lado, acababa de entrar en un ataque de celos.
—¿Estás irritable mientras no te llega la rubia? No me digas que Jennifer te ha dado plantón. –vacilé.
—Me parece que es a ti a quién han dado plantón. No veo a tu novio pelirrojo por ninguna parte.
—¿Así que ahora es mi novio? –alcé el ceño.
—No. Solo le gustas, pero nunca sería tu novio. –admitió, como si fuese la cosa más obvia del mundo.
—¿Por qué? Yo le diría que sí. –intentaba sacarlo de sus casillas, para divertirme un poco ya que rara vez Harry dejaba ver sus celos como ahora. O por lo menos no me los dejaba ver a mí. Pero no tuvo el efecto deseado, sino que se acercó a mi oído, y añadió–:
—Si se acerca a ti con intenciones que no sean puras tendría que matarlo, ¿sabes? –sonrió falsamente y volvió a centrarse en su libro.
—No llevamos aquí ni cinco minutos y ya están discutiendo. –Sam rodó los ojos.
—Lo verdaderamente raro es que Harry está teniendo su primera pelea por celos. –continuó Zayn, sentado al lado de la morena.
—A mí me parece adorable la cara completamente roja de _____. –¿era cosa mía o Niall estaba comiendo conguitos a escondidas?
—No estamos celosos. –admitimos a la vez, y empezaron a reírse de nosotros. Decidimos ignorar sus burlas y centrarnos en lo que debíamos aprender.
—Esto es superior a mí. –habló Harry, ya aburrido después de un rato– Creo que en mi vida he estudiado tanto. Selley, eres mala influencia.
—Añade eso en tu discurso de graduación, por favor. “Tengo un notable gracias a la presión de una persona especial, pero oye, Selley es mala influencia.” –burlé su voz y rodé los ojos, mientras los demás reían.
—¿Quién ha dicho que fueras especial? –vaciló.
—Yo. Yo lo he dicho. ¿Y sabes qué? Si estás aburrido siempre puedes irte con “Jen”. –escupí con asco el apodo que tanto le había oído gritar, acompañado de risas, en medio de la clase.
Definitivamente nuestros celos acabarán matándonos.
—No voy a irme, porque estás irritada y te jode tenerme al lado.
—Tienes razón, no tengo ganas de aguantarte. –le resté importancia, y continué escribiendo el resumen.
—Entonces vete. –su tono sarcástico me tocó la fibra sensible, haciendo que la _____ cínica y desagradable que había enterrado se pegase a mi piel.
—Podría hacerlo. Desde luego en cualquier maldito lugar estaría mejor que a tu lado. –solté. Segundos después de meter la pata saltó esa voz de la conciencia que debería advertirte en estos casos.
«Demasiado tarde, querida.»
Vi cómo señalaba delante de mis narices la puerta.
—Allí está la salida, nena. –dejé caer lo que tenía en la mano y presioné la mandíbula.
—Eres increíble, Harry. –dije sarcástica. Pero no me apetecía quedarme a su lado y discutir más, así que decidí salir a tomar un poco el aire. O simplemente alejarme lo máximo de allí.
La puerta no llegó a cerrarse cuando salí.
«Mierda. No vengas, no vengas.»
Mientras a paso rápido me alejaba por el pasillo, alcé la vista sobre mis hombros disimuladamente para volver a maldecir al ver que Styles cruzaba la esquina. Me apresuré a entrar en el salón de actos y a cerrar lentamente la puerta. Me dejé caer en la pared, cubierta por una columna que sobresalía, intentando escuchar sus pasos. Cuando la puerta se abrió,  para volver a cerrarse después de que él entrase, supe que estaba perdida. Y me tocaba seguir plantándole cara, cosa que me agotaba psicológicamente. Tenía de todo menos ganas de discutir con él.  
—Sé que estás ahí. Sal. –tragué saliva y suspiré. Luego salí de mi supuesto escondite y le planté cara. Manteniéndome lo más alejada de él posible para que la estampida de rinocerontes, que por fin había conseguido calmar, no volviese a desbocarse.
—¿Quieres hacer el favor de dejarme en paz, Harry? –bufé, y al ver que se acercaba, empecé a caminar entre los asientos, aumentando la velocidad de los pasos, cuando el empezaba a perseguirme. Era un completo juego de niños, el típico pilla-pilla.

—No voy a dejarte en paz, Selley. –corríamos a toda velocidad.
—¡Vete! –exclamé, hasta que empecé a reírme como una loca, contagiándole la risa.

—Oblígame. –subí al escenario y pasé de largo el piano, hasta colocarme lo más lejos de las escaleras. También subió y me obligué a acallar las carcajadas.

—¿No ves que intento alejarme de ti?

—Sí,  –contestó encogiéndose de hombros– otra cosa es que yo vaya a permitirlo.

—Tú y yo tenemos un problema.

—¿De verdad? –alzó el ceño irónico– ¿Aprendiste a admitir las cosas, guapa? –vaciló. Caminó hacia mí y yo decidí afrontarlo, acercándome. Y como una descarga eléctrica, mis nervios se activaron a la vez.

—¿Quieres dejar de echarme mis defectos en cara, y centrarte en acabar nuestra discusión de una vez? –alcé el ceño.

—No. –en dos zancadas ya se encontraba pegado a mi cuerpo– Porque me encanta recordarlos todos... Pero odio reconocer que cada uno me gusta más que el anterior.

Sin oportunidad de reaccionar después de aquello, y como si me hubiera leído la mente, sus labios se unieron a los míos, y sus manos se colocaron automáticamente en mis caderas, impulsándolas hasta dejarme sentada sobre aquel enorme piano. Se separó de mí para impulsarse, él también, con sus fuertes brazos y acabar encima del instrumento. Me acarició los brazos hasta recostarme sobre el gran espacio y continuó hasta el final de mis piernas. Dejó caer mis zapatillas al suelo y luego oí caer las suyas. Deslizó las medias del internado por mis piernas con una sonrisa pícara en el rostro, dejando caricias en mis muslos mientras besaba el interior de estos. También se libró de mi falda y soltó todos y cada uno de los botones de mi camisa a una velocidad increíble. No tardó un segundo más en alcanzar el borde de mis bragas y liberarme de ellas igual de rápido. Lo difícil sería encontrar nuestras cosas después, desperdigadas por el suelo.
Cuando tenía la intención de besarme el cuello, solté la hebilla de su cinturón con un sonoro movimiento, lo que provocó que clavase su mirada en mis ojos. Con los muslos enroscados en su cintura deslicé aquellos pantalones por sus piernas, consiguiendo que cayesen al suelo e hice trampa en nuestro juego dando la vuelta a las posiciones, aprisionando sus caderas con las mías, las que estaban separadas por un mísero cacho de tela. Ahora sonreí yo pícaramente mientras tiraba su camiseta a algún lugar del salón. Me volví literalmente loca cuando volví a acariciar sus marcados abdominales. Los pequeños y firmes músculos iban quedando atrás a medida que yo me deslizaba hasta llegar a la banda elástica de sus bóxer, me obligué a no empezar a repasar con la lengua los marcados oblicuos parcialmente tapados por la tela. Cuando hice desaparecer aquella prenda de ropa mandé a la mierda toda mi parte racional y coherente. Mi lengua se deslizó por aquellos marcados músculos y ascendió de nuevo, hasta quedarme a horcajadas sobre él y poder volver a acceder a sus labios. Sus manos instintivamente recorrieron mi espalda hasta posarse en mis caderas, y volví a poner las manos en su pecho.
Al primer movimiento mis uñas se clavaron en su piel y mis pupilas se dilataron al máximo, pude ver en lo oscuro que se había vuelto el verde de sus ojos que le gustaba la sensación tanto como a mí. Cuando sus manos en mis caderas aumentaron la velocidad de las embestidas contra las suyas, llevé automáticamente la cabeza a su cuello para acallar los gemidos. Mis manos arañando su pecho y mi respiración ahogándose en su cuello hacían explotar de placer el cuerpo de Harry, y mi sonrisa de autosuficiencia creció al saber que era yo la causante de aquello.

—No conocía este lado salvaje en ti, Selley. –su voz ronca por la excitación dio un vuelco a mi corazón y me obligué a levantar el cuerpo, quedándome simplemente a horcajadas, para mirarlo a los ojos. Sus manos seguían en mis caderas, moviéndose acompasadas con las embestidas, una de ellas subió a mi espalda para obligarme a volver a pegar mi cuerpo al suyo y mirarlo más de cerca– Y debo decir que me impresiona. –mi frente pegada a la suya, pero decidí mover las manos de su pecho a ambos lados de su cabeza, para dejar de producir todavía más marcas rojas que tardarían lo suyo en desaparecer.

—Dime una cosa, qué es lo que más te excita, Harry, ¿lo salvaje que puedo llegar a ser, o que hoy la que domina sea yo?
—Ambas cosas me tienen como loco, guapa. –solté un gemido demasiado alto, prácticamente un grito, ante la profundidad del último movimiento. Sus manos se deslizaron sobre mi espalda, para dejarme a mí bajo él con un rápido giro de posiciones, con cuidado de no caer de aquel enorme piano– Pero tu cuerpo me está llamando y creo que es hora de que lo haga mío. –me guiñó un ojo antes de hacerse con uno de mis senos. Jugué con sus rizos, acercándolo más a mí, mientras lamía mi cuerpo y embestía con fuerza. Jadeos se escapaban entre gemidos y el calor producía que gotas de sudor recorrieran nuestro cuerpo. Con una última suave embestida detuvo los movimientos y lo atraje hacia mí para poder volver a besarlo. Sentado sobre mí y con las manos a ambos lados de mi cabeza para aguantar su peso, se separó.
—Me encanta estar aquí encima contigo, pero ya hace bastante tiempo que nos fuimos de la biblioteca y estoy seguro de que Zayn empezará a llamarme de un momento a otro. –se deslizó hasta caer del instrumento y me ayudó a bajar cogiéndome por la cintura.  
—Oye Harry, has visto mí...–dije buscando mi sujetador, era lo único que me faltaba, y cuando alcé la cabeza para mirarlo, me especulaba, ya con la parte de abajo vestida y con mi ropa interior en la mano. Me acerqué a él con el ceño en alto.– Gracias. –ironicé volviendo a donde había dejado la camisa, para acabar de vestirme.
—Vamos, Selley. –para no variar, volvió a darme un suave toque en el culo cuando salía por la puerta y caminamos a paso rápido hacia la biblioteca. Añadiendo a mi lista una forma increíblemente placentera de solucionar los problemas.
—¡Lo que yo decía! ¡Vienen de follar! –Sam alzó la voz demasiado para mi gusto y la miré irónica. El ricitos y yo negamos a la vez, y nos miraron con el ceño en alto. Creí que lo habrían dejado ya hasta que Sam me dio dos toques en la pierna por debajo de la mesa. Nos inclinamos hacia un lado para hablar en susurros.
—Ahora en serio, ¿Qué tal el polvo? –soltó una risilla, como la cotilla adicta al sexo que es.
—El maldito mejor polvo de mi vida. –le concedí.


·En el próximo capítulo·

—¿No te han enseñado a llamar antes de entrar? ¿Qué pasaría si estuviera en bragas, eh? –bromeé. 
—Eso Harry, que da mala suerte ver a la novia antes de la boda. –el vacile de Sam ya me tardaba en llegar.