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—La mato. –grité mentalmente al ver la jugada sucia que me había hecho
Sam. Solo había hecho falta decirle “de todo menos un jodido vestido” para que
se llevase toda mi ropa y no me dejase otra cosa que no fuese exactamente esa
prenda. Intenté aguantar la risa al ver las demás cosas que había dejado,
maquillaje y complementos a montón y zapatos que yo en mi sano juicio no me
pondría, –eso porque no era propicia a andar por el instituto con tacones de
diez centímetros–, mi grado de locura no llegaba a tanto.
—Creo que te has confundido Sam, yo no soy Mía. –susurré para mí y cogí
el vestido en la mano para observarlo. Negro, gracias a dios no era ajustado,
la idea de parecer una zorra más no me agradaba; no sabía si era seda, seda,
pero era una tela de su misma textura suave al tacto; recubierto por otra tela
con transparencias, que por la parte de atrás, era un poco más larga.– De
acuerdo supuesta mejor amiga, me pondré un vestido para no ir en bragas, pero
estás loca si piensas que me maquillaré o me calzaré tacones.
Delante del gran espejo que había sobre el tocador, comprobé que el
vestido no me quedaba nada mal. Me subí sobre aquellos zapatos, ¿¡cómo puede
alguien andar con estas cosas!?
—A esto en mis tierras se les llama zancos de toda la vida. –musité
dejándolos donde antes y volviendo a calzarme las converse bajas que había
usado en la obra. Después de pasarme el pelo hacia delante, sobre los hombros, salí
a buscar a la susodicha. Sí, señores, esta es mi mejor amiga.
Puse los ojos en blanco al salir al campus donde se celebraba la fiesta.
Al estar a principios de abril, anochecía aún demasiado pronto, pero esta vez,
no me disgustaba. El jardín no estaba más que iluminado por la luz de la luna y
las estrellas. Por las paredes exteriores del edificio, habían colgado luces
tenues de tono anaranjado, y, en el suelo, un camino que llevaba a otra zona
del jardín todo marcado por velas encendidas. Viendo aquello, y si lo había
hecho el señor Gaffigan, le perdonaba el haberme dejado ensayar sola con Styles
tantísimas veces. Casi todo el instituto estaba alrededor de una mesa,
extendida a lo largo de todo el lado izquierdo del campus, haciendo no sé qué
cosa. Me acercaría después de encontrar a Sam y matarla. No la divisé entre la
multitud, por lo que decidí acercarme al instituto. Solo había dos trozos de
todo el jardín llenos de gente, y ella no estaba en ninguno. Tiene habilidades
para desaparecer, ¿o qué?
Dejé de mirar al interior a través de la puerta de cristal y me di la
vuelta, dando un salto al instante al encontrarme cara a cara con Harry.
—Veo que sigues teniendo problemas. –dijo con su tono borde, el que
usaba cuando yo llegué aquí, pero esta vez ¿sonrió? Sí, sonrió. Entonces
recordé mi primer día aquí, intentando ubicarme en aquella especie de mapa del
instituto. «Ninguno que tú puedas
solucionar». También recordé la respuesta que le había dado. Y justo ahí
había sido nuestro primer beso.
—Y tú sigues sin poder solucionarlos. –sonreí yo también,
inconscientemente, fijándome en sus ojos verdes, que ahora brillaban con un
tono anaranjado debido a la luz de las velas del jardín.
—¿Vas a lanzar el globo?
—¿Qué globo? –pregunté sin entender, hasta que caí en la aglomeración de
gente alrededor de aquella mesa.
—El globo. –rió– Lo enciendes y lo sueltas para que suba al cielo y
llegue a junto alguien que perdiste hace tiempo. O simplemente pides un deseo y
se cumple.
—Nunca lo he hecho, pero…
—Ven. –dijo cogiendo mi mano, para llevarme a aquella mesa que empezaba
a vaciarse. El profesor de artes era el encargado de repartir las velas y los
globos. Styles pidió uno y me guió por el camino de velas que había visto
antes. Todos allí estaban preparándose para lanzarlo.– Sujétalo.–La voz de
Harry me sacó de mis pensamientos. Cogí el globo por la parte inferior,
mientras él, con un mechero, encendía la vela.– Cuando yo te diga, lo soltamos.
–dijo colocándose detrás de mí, pasando los brazos a mi alrededor, y sujetando
también el globo. – Ya. –susurró en mi oído.
—Mamá, voy a soltar el globo, quiero que veas lo bonito que es. –dije
cuando este subía de entre nuestras manos y ascendía por el oscuro cielo. Me di
la vuelta, y caí en que sus brazos seguían rodeándome, pero ya era tarde,
estábamos a menos de cinco centímetros.– ¿Pediste un deseo?
—Sí.
—¿Se cumplirá?
—Ya lo ha hecho. –si su sonrisa, la sincera, esa que pocas veces dejaba
ver al natural, sin ningún rastro de prepotencia o socarronería, ya solía ser
increíble, todo bajo la luz de la luna y las velas, era aún mejor.– ¿Y tú? ¿Le
has lanzado el globo a tu madre?
—Algo así. Ella siempre me daba la solución correcta y desde que se fue,
no acierto una. –se rió, mientras caminábamos el uno al lado del otro, por todo
lo largo de aquel camino iluminado– Y mi historia es tan parecida a la tuya,
que incluso me sorprende.
—No la conozco. Tú sabes la mía, en cambio yo…
—Yo tampoco se mucho, resulta que viví feliz una mentira durante toda mi
vida.
—Cuéntamela, pequeña. –dijo pasándome un brazo por los hombros y
mirándome como si intentase ver una cosa diminuta, y no apreciable a simple
vista.
—De acuer…–empecé a decir hasta que sin previo aviso, estornudé. Una
ráfaga repentina de viento me hizo llevar las manos a los brazos.
—Ahora es cuando yo te pasaría una chaqueta por los hombros, nos
sentaríamos alrededor de una hoguera y seríamos felices, pero como yo estoy de
manga corta, y si hacemos una fogata nos meten el castigo de nuestra vida,
vamos a por una chaqueta para ti y me cuentas esa historia. –dijo cambiando el
rumbo, hacia dentro.
—Aun así, ahora mismo soy feliz. –susurré para mí, mientras caminábamos
hacia mi habitación, pero me detuve en mitad del pasillo femenino.
—¿Qué pasa?
—Sam. Tiene mis llaves. –recordé. Se había llevado todas mis cosas,
llaves inclusive.
—Más cabeza hueca imposible. –dijo, y me indicó su habitación, a la que
entré tras de él. Encendió las luces, me indicó con la cabeza una de las camas
mientras que en su armario buscaba lo que debía ser una chaqueta para mí.
—Voy a poner una queja. Tu habitación no parece una caseta de perro y tiene espacio.
—¿Espacio? –me miró irónico lanzándome una beisbolera. “Yankees ”podía leerse en uno de los
costados.– Eso no existe cuando convivís cinco en este espacio reducido, y para
más, si todos son hombres.
Solté una carcajada mientras me enfundaba la cazadora.
—Mañana no hay clase, ¿verdad? –me dejé caer en la cama.
—Día libre. –se tumbó a mi lado. Mis pensamientos me hicieron alejarme
de aquella habitación minutos atrás. « “¿Pediste un deseo?” “Sí.”
“¿Se cumplirá?” “Ya lo ha hecho”»
¿Qué habrá pedido? La curiosidad mató al gato, y no suelo ser cotilla.
—Harry, ¿qué has pedido? Como deseo, digo.
—Decírtelo traería mala suerte. Aún espero por la historia de tu madre.
—Hagamos un trato. –dije levantándome de golpe, sentándome cual indio
sobre la cama, e inclinando la cabeza sobre él.– Yo te cuento la historia de mi
madre si tú me dices qué pediste.
—Hecho.
—Mis padres no se querían, solo fingían delante de mí, pero tenían
amantes por separado. Aun así, no se divorciaban para que yo fuese feliz. Pero el amante de mi madre le
propuso irse a vivir con ella, y al negarse, pensó que seguía queriendo a mi padre.
La mató. –dije y esas últimas palabras hicieron que Harry se levantase de
golpe.– Por eso estoy aquí. Mientras no encuentren a ese criminal, mi padre
tiene miedo a que pueda pasarme algo, me ha dado tres meses, y volveré a casa.
—Vaya, te irás.
—En tres meses. –dije, viendo como este se levantaba de la cama. Ahora
caía, irme significa no volver a verlo más.– Pero no soy la única. –volvió a
mirarme.– Cuando acabes el curso, como eres mayor de edad, viajarás lejos. Me
lo has dicho.
—Lo sé.
—¡Pero no pensemos en esas cosas! –sonreí, al fin y al cabo ¿de qué me
valía deprimirme ahora?– ¿Qué has pedido? Tienes que decírmelo. –su ánimo cambió
de golpe, y ahora parecía estar enfadado.
—¿Sabes? Soy idiota. He pedido algo que cada día que pasa, está más lejos
de mí. Y yo pensaba que había cumplido ya. –caminó por toda la habitación.
Estaba enfurecido, nunca lo había visto así. Incluso podría darme miedo.
—¿Pero qué es? Quizás pueda…
—No puedes hacer nada. ¡Nada! –sí, estaba cabreado. En cero coma un
segundos pasó de ser una especie de momento ¿romántico? A ser una película
violenta. Caminaba de un lado para otro, poniéndome nerviosa, como si estuviera
luchando por ganar una batalla dentro de su propia mente.
—Harry, no te pongas así. No me digas que es lo que pediste si no
quieres, pero no te enfades. –intenté acercarme, pero entendí que era mejor no
hacerlo.
—_____–dijo ahora acercándose a mí.– Perdóname. No puedo decirte lo que
pedí porque yo…Yo no debería haberlo pedido. –volvió a alejarse, ¿¡por qué le costaba
tanto decir que me quería!? Creí que eso es lo que él habría pedido, hasta que
me di de cuenta de que solo era lo que mi corazón quería escuchar.– ¡Yo no
debería estar sintiendo esto! –exclamó y cerré los ojos de golpe al sentir el
sonido del impacto que había atestado con el puño a una especie de cuadro de
madera, en el que estaban escritos los nombres de los ocupantes de la
habitación.
—Dios mío, Harry. –susurré al ver las astillas de la madera clavadas en
sus nudillos. Me fijé en que por alguna extraña razón me había acostumbrado a
llamarlo por su nombre. Obligándolo a que se calmara, cogí sus manos,
acariciando suavemente las articulaciones de estas. Lo forcé a sentarse en una
especie de puf negro que tenían en la habitación y me acuclillé para mirarle a
los ojos, que no levantaban su mirada del suelo. – ¿Qué esperabas, Styles? Eres
una persona, estás humanamente diseñado para sentir y sobre todo para… –me
detuve, siempre era yo la que al fin y al cabo sacaba la conclusión de que
Harry tenía estos problemas porque sentía amor– amar. No tienes por qué ponerte
así. Ahora espera aquí, iré a enfermería a por algo para esas astillas. –dije
antes de salir por la puerta.
A pesar de tener un sentido de orientación pésimo no tardé en conseguir
algodón y agua oxigenada para limpiarle las heridas. ¿Qué habría hecho que se
pusiera de tal manera? ¿Todo por no querer decirme lo que pidió? ¿O por no
tener claro qué es lo que sentía? ¡Tampoco yo lo tengo claro! ¿Por el simple
hecho de sentir algo? ¡Ni que no fuese humano!
Dejé de darle vueltas al volver a tener delante la puerta de Harry, pero
no entré. Estaba hablando por teléfono con alguien.
—No…no voy a acostarme con ella, Zayn…¿Qué os pasa a todos? ¡Sigo siendo
el mismo!...¿Una razón para qué?...Sabes que yo no amo a nadie…¿Cómo que
entonces qué?...–parecía hablar con Zayn, aunque por lo que pude comprender
debido al tono de voz, iba a colgar ya, hasta que al otro lado le hicieron una
última pregunta.–…Zayn, la quiero.
·En el próximo capítulo·
–Voy a devolver esto a enfermería. –me levanté,
aunque él lo hizo también antes de que pudiese recoger las cosas del suelo.
Pasó uno de sus brazos alrededor de mi cintura, acercándome a él, y hundió sus
labios en mi cuello, rozando mi piel hasta llegar a mi oído.
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