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Aquello me hizo abrir los ojos como platos. Y ahora no podía decir que
estaba hablando de Mía, de Jennifer o de cualquier otra con la que sabía que
anteriormente se acostaba. Podía apostar un riñón a que hablaba de mí antes de
colgar el teléfono.
«¿Hablaba de ti o es lo que tú quieres escuchar?»
Odiaba las especulaciones que solía mandarme mi cerebro, solo para
molestar. Las que como siempre dejé de lado antes de volver a entrar a aquella
habitación. Volví a acuclillarme delante de él y a coger sus manos después de
dejar la cazadora a un lado.
—Va a escocerte un poco. –dije antes de rozar con el algodón infectado
sobre las heridas que aquellas astillas le habían provocado.– Tenías que haber
esperado.– añadí al ver que los rastros de madera ya no estaban, seguramente se
los habría quitado él mismo, así que me limité a desinfectar. Se quejó cuando,
por último, lo limpié con el alcohol. – Voy a devolver esto a enfermería. –me
levanté, aunque él lo hizo también antes de que pudiese recoger las cosas del
suelo. Pasó uno de sus brazos alrededor de mi cintura, acercándome a él, y
hundió sus labios en mi cuello, rozando mi piel hasta llegar a mi oído.
—Lo siento. –volvió a disculparse. Separó sus labios de mi oído para
poder mirarme a los ojos, pero debía tener la habilidad especial de detenerse a
los tres centímetros de mis labios. Me sorprendió a mí misma que esta vez fuese
yo quien acortase la distancia entre ellos. Saciando el anhelo que, ahora no
podía negar, sentía desde que nos habíamos besado por última vez.
Enrosqué mis dedos tras su cuello y él aferró ambas de sus manos a mi
cintura, alzándome en el aire. La batalla campal que otras veces habían luchado
nuestras lenguas fue remplazada por un juego tan tradicional como las
escondidas. Deslicé mis manos a lo largo de su ancha espalda. ¿Había dicho ya
que amaba incondicionalmente la espalda ancha en un hombre? Cuando mis manos no
podían llegar más abajo, jugué con su camiseta, subiéndola hasta que pude
acariciar su piel. Seguí elevándola
mientras dibujaba recorridos en su espalda desnuda. Entonces me dejó
caer al suelo y lentamente separó sus labios de los míos. Momento que yo
aproveché para quitársela completamente. Me miró interrogante, ya que yo era
completamente reacia a cualquier tipo de relaciones sexuales con él. No estaba segura de lo que iba a hacer, pero
echarse atrás solo vale para arrepentirse en un futuro. Y este no era un
momento que estropear con palabras, así que me atuve a bajar el tirante derecho
de mi vestido por mi brazo, para luego hacer el mismo con el izquierdo,
deslizar la cremallera de este y dejarlo caer completamente al suelo, dejando
ver mi ropa interior. Y creo que no hizo falta más señal.
Volvió a cogerme en brazos para dejarme caer bajo él en la cama. El
sonido de nuestros zapatos cayendo al suelo a la vez, las respiraciones que
empezaban a acelerarse, los besos que habían empezado a nacer de sus labios y
que dejaba por todo mi cuerpo y lo innecesaria que se había vuelto la ropa dio
paso a que la temperatura aumentase en aquella habitación. Me miró a los ojos para
cerciorarse de que esta vez no me echaría atrás, pregunta que contesté soltando
la hebilla de su cinturón y dejando que sus pantalones se deslizasen por sus
piernas. La primera gota de sudor frío recorrió mi espalda, muestra de que la
temperatura seguía subiendo. Jugó con las tiras de mi sujetador hasta que
decidió dejar de torturarme y, literalmente, me lo arrancó. Enrollé las piernas
en su cintura para deslizar su bóxer con los pies. Dejó un recorrido con la
lengua en mi estómago hasta que, con la boca, se libró de la última prenda de
ropa que me cubría, con recelo separó mis piernas. Esta vez no me opondría, él
lo sabía y no hicieron falta más indicaciones para que dejase besos y suaves
mordiscos entre ellas. La temperatura entre esas cuatro paredes era mayor que
cualquier fuego del infierno y una capa de sudor frío amenazaba con aparecer.
Sentí sus besos ascender por mi abdomen hasta mis pechos y su erección entre
mis piernas.
Una onda de placer y un gran escalofrío me recorrieron el cuerpo al sentir
que nuestro juego de caderas comenzaba aquí. Los primeros gemidos salieron de
ambas bocas y los míos llevaban su nombre, “Harry”.
Su miembro entraba y salía de mí cada vez con más rapidez y fiereza, como acto
involuntario llevé mis manos a su espalda, quizás produciendo algún que otro
arañazo. La presión de su cuerpo la sujetaba colocando sus manos a ambos lados
de mi cabeza, y, justo cuando creí que iba a llegar al clímax, juntamos
nuestros labios conteniendo los gritos de placer que sin duda habrían sido
escuchados en la mismísima China si fuera posible. Hundió su cabeza en mi
cuello, dejando besos allí donde rozaban sus labios o simplemente dejándome
sentir lo alocada que estaba su respiración en ese momento. Su aliento cálido y
húmedo en el cuello me hizo, literalmente, enloquecer ahí mismo y pedir que no
se separase por nada del mundo. Sus embestidas se mantuvieron constantes, y
aprecié la suavidad con la que lo hacía, intentando disfrutar al máximo de cada
momento en el que nuestros cuerpos estuviesen pegados.
Mi cuerpo terminó por arquearse bajo el suyo. Percibí mis sentidos
vibrar tan pronto comenzó a detenerse. Nuestras caderas dejaron la batalla en
tregua y se dejaron llevar por un vals suave. Sentí su cuerpo pegarse al mío y
encajar a la perfección, cuales gotas de agua. Nuestros labios se encontraron
de nuevo, sus manos exploraron curiosas hasta llegar a mi cintura, en la que se
detuvo dejando caricias en mi cadera. Mi cabeza se apoyó en su pecho y oí su
corazón, desbocado, bajo él. Mis ojos se cerraron fuertemente en un acto
reflejo al sentir como su mano se colaba en mi feminidad y dejaba caricias. Su
nombre se escapó de entre mis labios mientras me acariciaba y besaba mi
estómago. Advertí una sonrisa sobre este al pronunciar su nombre. Sabía que
quería explorar mi cuerpo y yo prometí dejarle. Volvió a las caricias en las
caderas y subió hasta quedar a mi altura, abrazándome al mismo tiempo que yo me
acurrucaba en su pecho.
Bajo aquellas sábanas
se daba tregua a nuestra batalla, y nuestros cuerpos quedaban unidos en uno
solo, a la perfección.
·En el próximo capítulo·
Aprovechó mi momento de debilidad para hacerse con el papel que yo me había
esforzado en esconder. Tras leerlo buscó a Erik con la mirada y lo encontró. Yo
también había visto la mirada de provocación que le lanzaba el susodicho ahora,
¿le apetecía pelea ya de mañana? No dudó en levantarse dispuesto a dejarle una
marca en la cara de por vida a aquel gilipollas.
Siguelaaa !!! :) eres una gran escritora
ResponderEliminarsiguiente :)
ResponderEliminarSiguela dios mio *.*
ResponderEliminarMe encanta! Metete en mi novela diferentesnovela.blogspot.com
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