miércoles, 31 de julio de 2013

CUARENTA Y UNO: CONFÍA EN MÍ, ¿QUIERES?


● _____: 
Me llevó el resto del lunes sacarme de la cabeza las malditas palabras de Catharine. Y aún me había confundido más cuando el profesor de educación física nos obligó a llevar bañador bajo la ropa de deporte. En resumen, mi cabeza estaba echa un manojo de pensamientos que deambulaban de aquí para allá.
—Semana de natación, Selley. ¿Te has leído el programa escolar cuando llegaste? –vaciló Sam mientras recorríamos juntas el pasillo, antes de separarnos a nuestras respectivas clases.
—La verdad es que no. –me encogí de hombros– Tenía cosas más importantes que hacer, ¡como idear un plan para escapar de aquí! –recordé– Deseché la idea en el mismo segundo en el que se me ocurrió. –admití.

El señor Jones explicaba, en un intento de buen profesor de natación, lo que debíamos hacer al meternos al agua, mientras yo especulaba a las demás chicas, haciendo crecer mi duda.
¿Estábamos en una clase o en un certamen de Miss “a ver quién lleva menos tela encima”?
Ignoré el duelo de miradas que se cocía entre ellas y recé por que la última clase del día terminase pronto, y ni siquiera me había metido aún al agua. Utilicé las numerosas veces en las que había tenido que recorrer el largo de la piscina en diferentes estilos como método de escape de la realidad.
«Te quiere más de lo que crees, Selley.»
Me reí interiormente, no me habría leído el reglamento del San Vicente, y ni siquiera me habría molestado en aprenderme el programa escolar, pero lo primero que me habían enseñado al llegar aquí es que Harry Styles no se enamora.
«Eres su chica y hay que estar realmente ciego para no verlo.»
Sí, su chica junto con todas las demás.
«Salid del agua.»
¿Ah?
La voz del profesor se había colado en mis delirios, la clase había terminado y era hora de cambiarse. Tardé de más en la ducha de esos vestuarios, a propósito para quedarme sola, entreteniéndome con el móvil. Lo dejé sobre la encimera mientras me vestía el uniforme cara a cara con el espejo. Era completamente diferente. No había ni rastro de la _____ Selley de hace casi tres meses. La malcriada maleducada que se creía demasiado para este lugar, la cual jamás contestaba de manera agradable se había convertido en una chica que no para de darle vueltas al mismo nombre en la cabeza las veinticuatro horas, que siente las famosas mariposas de los libros en el estómago y no sabe disimular un ataque de celos. La realidad en la cara dolía y me obligué a huir de ella, una vez más, largándome de allí.
[ … ]
—¿Dónde lo habré metido? –rebusqué mi móvil por todas partes.– Mierda.
Me lo había dejado en los vestuarios, por lo que no tenía manera de llamar a Sam. Y eso traía dos problemas, tenía que buscar el IPhone y a mi amiga para empezar la supuesta tarde de estudio, la que seguramente lo habría olvidado cuando el primer tío con intenciones pasase por delante de ella.
Cerré la puerta de la habitación con la llave como una bala y corrí hacia la piscina climatizada en la que hoy había hecho natación. Como no estuviera en el mismo lugar en el que lo había dejado, todos y cada uno de los alumnos de este internado conocerían a ______ Selley cuando alguien toca su móvil.
Por suerte la puerta de la piscina no estaba cerrada. Abrí una pequeña franja rezando porque no hubiese nadie, lo que corroboré cuando recorrí cada centímetro de la estancia con la vista. Quería mi móvil, no meterme en problemas. Cerré la puerta tras de mí con el máximo sigilo, pero el golpe seco se prolongó por toda la estancia en eco.
Los ojos se me iluminaron cuando mi preciado IPhone volvió a estar en mis manos. Lo guardé de nuevo en su sitio, –el bolsillo interior de la chaqueta de mi uniforme del internado– y volví a paso rápido hacia la puerta. Hasta que una voz me hizo detenerme.
—¿Así que ahora te gusta colarte en lugares prohibidos, Selley? –no identifiqué el dueño de esa voz hasta que me detuve al final de las gradas.
—Tú también estás aquí, Harry. –tenía intención de ignorarlo, hasta que  en lo que reparé en lo que  tenía entre dos dedos. Me planté de él antes de lo previsto y en pocos segundos estábamos cara a cara.– ¿Fumas? –utilicé un tono de afirmación, ni siquiera pretendía que pareciese una pregunta.
—No normalmente. –el cigarrillo estaba apagado, aunque advertí el encendedor en la otra mano, por lo que supe que mi inesperada entrada había interrumpido su labor.– Ya sabes, estamos en época de exámenes y miles de trabajos. –ahora ni mi presencia lo detuvo. Se llevó el cigarro a la boca y lo encendió. No tardé ni un segundo en arrebatárselo de las manos. A pesar de la repugnancia que me daba el hecho de tenerlo entre los dedos.
¿Nadie se había dado  cuenta de mi especial repulsión hacia aquella droga?
Odiaba infinitamente los efectos negativos que un solo trozo de papel como este podía producir al organismo y había visto suficientes caras de dolor de mis amigos del antiguo instituto, al perder a seres queridos por culpa del tabaco, que estaba segura de no querer vivirlo en un futuro.
—¿De verdad vas a joder tu vida por un trozo de papel que envuelve toda basura cuanta hay?
—Dame eso, _____.
—No. Cómprate una pelota antiestrés si estás agobiado. 
—No juegues con fuego, porque vas a quemarte.
—Pues qué mala suerte tienes de que esté aquí, querido. –dije deshaciendo con la punta de mis Vans aquel cilindro de papel en el suelo  y oí un gemido de frustración escapar de sus labios. Se masajeó la sien con los dedos índice y corazón de ambas manos.– ¿Estás ebrio, Harry?
—No estoy ebrio, Selley. Solo estresado, y luego llegas tú y me das dolor de cabeza. –fruncí el labio ante lo malagradecido que era y, después de haber evitado que cogiese un cáncer, tenía intención de largarme, por lo que me dispuse a bajar de las gradas.
—De nada por salvarte de una muerte segura. –antes de que pudiese bajar la última grada, su mano se enroscó en mi muñeca y pegó nuestros cuerpos.
—No, mi amor, no me dejas sin el último Marlboro y te vas de rositas.
—¿Qué insinúas que te debo? –la verdad es que no pensaba darle nada.
—Vas a librarme del estrés. –no pensé que llegaría tan lejos hasta que sus manos se colaron bajo mi falda y acariciaron mis glúteos.– Encaje, seguramente negro, y además culote. Qué sexy Selley.
—No te molestes en ser culto conmigo, venga suéltalo. Lo que quieres es un polvo que te haga olvidarlo todo, pero ¿sabes qué mi amor? , –imité el apodo que él había usado con tono irónico– yo no soy una cualquiera, conmigo las cosas no funcionan así. Así que lo único que voy a darte es el placer de acompañarme a la puerta mientras me largo. –me revolví hasta que conseguí que me soltase y caminé de nuevo hacia la gran puerta.
Después de un par de metros tuve la sensación de que caminaba sola, y así era, me giré para descubrir a Harry en ropa interior.
—¿Qué coño se supone que… –se zambulló en el agua, para poco después  salir a la superficie–…haces?
—Métete.
—Ni de coña. –vacilé y seguí mi camino, me di la vuelta con intención de decirle adiós, pero una prenda completamente mojada se estrelló en mi pecho. Sus bóxer.– Estás en pelotas.
—Por lo menos yo tengo de eso. Rajada.
—No me retes, Harry. –lo amenacé. Sabía que tenía un orgullo el doble de grande que yo y que no dejaría que me fuese después de un reto.
—Soy el diablo, vengo para tentarte.  –carcajeó. Me estaba retando, ¡lo estaba haciendo, maldita sea!
—Ni de broma.
—¡Échale valor, joder!  –lo miré con el ceño en alto.– ¿Te metes o te rajas? –negué con la cabeza, vacilante.
—Me meto. –dije dejando caer toda mi ropa al lado de la suya, disponiéndome a saltar.
—Quieta ahí Selley. –me interrumpió.– Quítate las bragas.
—Ah no, eso sí que no.
—Cobarde.
—Solo si me prometes, o más bien asumes, una cosa.
—¿Qué?
—No vamos a tener sexo.
—Lo prometo. –alzó las manos sobre el agua, tenía los dedos cruzados.
—No voy a quitarme la ropa interior, pues.
—De acuerdo, así cuando vuelvas no llevarás nada bajo la falda. Y nunca se sabe, puede hacer mucho viento. –lo último que vi antes de saltar fue su mirada de autosuficiencia y un guiño de su parte.
Se acercó a mí cuando salí a la superficie, y no sabía a qué debía atender, a sus caderas desnudas acercándose a las mías o a sus manos deslizando las tiras de mi sujetador por mis brazos. Intenté alejarme de él, pero su afán por quitarme el sujetador era tan fuerte que volvió a coger una de mis muñecas para conseguir quitar el broche. Entonces retrocedí hasta toparme con una esquina, mientras el lanzaba aquella prenda con las demás. No podía retroceder más y solo estaba cubierta por el mísero trozo de encaje, –cierto, antes no se había equivocado con la descripción de mi ropa interior– y para más él se acercaba. Como si leyese mi mente, me señaló con el dedo.
—Te las quitas tú o te las quito yo. –amenazó, y siguió señalándome. Me quedé mirando como sus rizos goteaban agua por su frente, las gotas seguían el recorrido por el cuello, para finalmente acabar en su pecho y volver de nuevo a la piscina.
—A la mierda las bragas. –me maldije por pensar en alto y me deshice de mi última pieza de ropa. Entonces Harry volvió a pegarse a mi cuerpo, y yo no podía retroceder.
—Me prometiste que no habría sexo, Harry.
—Y no lo va a haber.  Confía en mí, ¿quieres?
—¿Y qué se supone que vamos a hacer los dos desnudos en una piscina? –vacilé. 
—Pasar el rato. –se encogió de hombros – Estás conmigo, así que no necesito nada más.
Volví a quedarme embobada mirándolo. No me importaba que quizás aquello se lo dijese a todas las demás tías del internado para conseguir una noche con ellas, en este momento me lo había dicho a mí.
 
Y me había hecho pensar e imaginar veinte mil cosas seguramente no legales. Maldita sea Harry, ¿Por qué siempre me tientas a mí?
 
—Tengo que preguntarte algo. Así que vamos a jugar a las cinco preguntas.
 
—De acuerdo. –dijo acercándose.
 
—No te acerques tanto, me pone nerviosa. -sonrió de lado.
 
—¿Eso cuenta cómo pregunta? –vaciló con intención de pegarse a mí. Y si ya sentía vergüenza por estar desnuda con él en una piscina, más la sentiría si pegaba aún más. Me escabullí por la derecha y avancé hacia el centro de la piscina.
 
—No.
 
—Si quieres preguntarme, no huyas. –bufé y dejé que se acercase hasta el centro de la piscina.

¿Por qué haces esto conmigo? 
—¿El qué? ¿Estar en una piscina?
 
—No, o sea sí. Estar conmigo. ¿Por qué?
 
—Porque me gusta estar contigo. –se encogió de hombros.
 
—¿Y por qué yo? –insistí.
 
—Eh, me toca preguntar a mí. –rodé los ojos y le concedí la pregunta– ¿Me besarías? –mis ojos se abrieron y mis mejillas empezaron a arder.
 
—¿Qué?
 
—Voy a contarte eso como pregunta.
 
—Perdona por impresionarme si me pides que te bese. –ironicé.
—¿Lo harías? –distraída con las preguntas no me di cuenta de que se había pagado tanto.
—Sí. –borró el ápice de asombro que empezaba a dejarse ver en sus ojos mientras yo preguntaba.– Ahora responde, ¿Por qué yo?
 
—No me has besado.
 
—¿Qué?
 
—Deja de gastar preguntas, no me has besado. Dijiste que me besarías y no lo hiciste.
 
—Pero... No era un reto, solo era una pregunta. Y tú tampoco respondiste a la mía.
 
—Entonces... voy a besarte yo, y luego a responderte. –aunque me había avisado, su beso me cogió por sorpresa. Sus manos se deslizaron bajo el agua hasta la zona baja de mi espalda, alzándome contra él. Mis brazos pasaron alrededor de su cuello mientras el beso subía de tono y su lengua jugaba con la mía. Y lo más importante seguramente fuera que cumplió su promesa. No estaba intentando que cediera a tener sexo, no me estaba forzando, como cuando llegué, solo me estaba besando. Sin segundas.
 
Protesté con un gemido cuando separó sus labios un único centímetro, solo para responderme.
 
—Piensa, Selley, ¿con qué otra podría estar aquí? ¿Qué otra me vuelve lo suficientemente loco para retarla de esta manera? ¿Quién es tan bipolar como para acceder a bañarse conmigo desnuda y al día siguiente gritarme? Ni quiero estar aquí con alguien más ni otra sería merecedora de estarlo.
—Con eso da por agotadas todas tus preguntas. –dejé un suave beso en sus labios.
 
—Y tú aprovecha la última, no la gastes con un "qué".
—¿Qué estás pensando, Harry?
 
—Que me importas.
 



·En el próximo capítulo· 
—No tienes que recompensarme nada, –susurré.– Siempre voy a estar ahí para protegerte porque...
—Soy tu chica. –me costó oírlo, debido a que su voz se volvía más queda por el sueño.
—Porque eres mi chica. Y yo...yo también...

lunes, 29 de julio de 2013

CUARENTA: ERES SU CHICA. [M]

● _____:

—Hola, Harry. –me di la vuelta para descubrir que él tampoco estaba mal. En realidad aquellos vaqueros le quedaban demasiado bien, y para lo que ahora se cocía en mi interior era toda una ilegalidad.
—¿Te ocurre algo? –alzó el ceño.
—No, ¿Por qué?
—No estás siendo tú. Ni eres cariñosa, ni estás en el otro extremo del polo comportándote ariscamente. Estás…rara.
—Son cosas tuyas. –no, normal no estaba. Estaba jodidamente nerviosa y eso sí que no era usual.
—¿Vas a decirme que este es tu comportamiento normal? –vaciló. Me quedé callada. Estaba segura que hoy tenía que haber tomado a la fuerza algo en mal estado, incluso mi estómago estaba temblando.– No, no lo es, –continuó, y yo debería haber salido corriendo cuando tuve oportunidad. Ahora el veía mis intenciones e iba a impedirlas.– y si no me cuentas lo que te pasa, no te dejaré ir.
—¿Juegas a los psicólogos? –ironicé.
—Algo así.
—Está bien Harry, no, no estoy rara, no me pasa nada, y soy la Selley borde de siempre que no te aguanta, –y que ahora mismo está, literalmente, temblando por tu culpa y de tu proximidad.
—Pero desde que llegó Catharine… –me cortó. Pero ahora que sacaba el tema, mis nervios se convirtieron en punzadas asesinas que clavar a aquella per…persona.
—¡Oh! –vacilé, tajante.– ¿Te has dado cuenta tú solito? –sonreí con sorna.– Repito, no estoy “rara”, solo decepcionada, dolida y muy, muy frustrada.
—¿Por qué? –o se hacía el idiota o tanto tiempo al lado de la rubia aquella le había encogido el cerebro y exterminado las neuronas.
—No sé, –mantuve mi sonrisa falsa– adivínalo.

[ … ]

—No voy a dejar que lo hagas. –rió Sam como una psicópata, arrastrándome por todo el pasillo hacia el exterior.
—No quiero perder el tiempo de esa manera.
—¿Perder el tiempo? ¡Por dios, ______! Hoy se larga esa perra y tú tienes que estar ahí con cara de victoria.
—Eres increíble.
—Lo sé, y más en la cama. –nos detuvimos cerca del camino de grava, pero lo suficientemente camufladas para pasar desapercibidas.– No te muevas de aquí, voy a buscar a Jane para que tampoco se lo pierda. –volvió a reír como la loca que es y me dejó allí, sola. Observando como todo el mundo miraba embelesado el paso de aquella rubia hacia el plateado mercedes. Se detuvo para despedirse, primero de su padre, con un abrazo, el que volvió a entrar a dentro para ordenar que abriesen las puertas, luego de un par de “amigas”, supuse, y finalmente se acercó a Harry. No pude ver qué le decía, pero ambos sonreían y luego ella dio dos suaves palmadas en su mejilla.
¿No te quedó claro con los globos de agua, muñeca?
Retomó su paso hacia el coche, hasta que pareció darse cuenta de mi presencia. Volvió a detenerse antes de subir a él y empezó a caminar en mi dirección. Se plantó delante de mí con una sonrisa. Iba lista si cree que podría restregarme que se ha acostado con Harry.
—Tú ganas, ____. –sus palabras me confundieron más de lo que ya estaba.
—¿Perdona? –le fallaba algo, eso seguro.
—Harry es tuyo, y las demás tías de este internado ya pueden decir lo que quieran.
—No te entiendo. –¡No puede tirárselo y luego decir que es mío! Aunque sea Harry y posiblemente no le importe, es una persona, con corazón.
—He oído lo que Styles hacía con todas las tías, especialmente con las nuevas. –yo soy nueva, o lo era, lo sabía perfectamente.– Siempre quiso ser el primero en probarlas a todas. -eso ya lo conocía, pero atendí igual.– Llegué aquí confiada en que tendría a ese increíble y, por lo que dicen, bien dotado tío, detrás de mí todo el fin de semana. –lo dicen y yo podía confirmarlo.– Y es cierto que hablé con él, y pasamos juntos bastante tiempo. –si vas a soltar que te lo tiraste, ya es hora, guapita.– Cuando la primera noche no... lo hicimos, creí que estaba intentando dejarme con las ganas para ver cómo podía controlarme, así que fingí no darle mucha importancia. Esta última noche, y sabiendo que me iba hoy, literalmente corrí a llamar a su puerta. No conseguí nada. Y yo soy una auténtica malcriada, por lo que se me saltaron hasta las lágrimas. Él, a pesar de su fama de mujeriego, me explicó que no era por mí, sino por una chica. Una "chica especial" a la que no quiere decepcionar. Y entonces lo entendí, esa chica eres tú, _____.
—¿Qué estás diciendo? –sus últimas palabras se repetían en eco por todo mi cuerpo. Y yo le había dicho a Harry, en palabras menores, que me había decepcionado. Y quizás, solo quizás…
—Harry te quiere más de lo que piensas, Selley. Eres su chica y hay que estar realmente ciego para  no darse de cuenta. –remató.

 ·En el próximo capítulo·
¿Así que ahora te gusta colarte en lugares prohibidos, Selley? –no identifiqué el dueño de esa voz hasta que me detuve al final de las gradas.
Tú también estás aquí, Harry. 

TREINTA Y NUEVE: BUENA PUNTERÍA. [M]

● _____:

—Buenísima Selley. –me felicitó mi equipo, mientras caminaba hacia las escaleras de la entrada principal. Aunque su mirada en mi escote completamente transparentado, como las camisetas de todas las demás personas, dejaba claro a qué se refería.
—¿El lanzamiento o mi sujetador transparentándose? –me burlé y seguí caminando mientras oía sus carcajadas.
Decidí no quedarme con la mojadura encima, como las otras ciento sesenta tías, y vestirme una camiseta que no dejase entrever hasta el último poro de mi piel. Sam se había quedado persiguiendo a alguien y pegándole con su bandana, así que no tuve más remedio que adentrarme sola en el edificio.
—Buena puntería, Selley. –su voz a mis espaldas me hizo detenerme.

● Harry:

—Lo sé. –se dio la vuelta, indiferente y con una sonrisa triunfante, que demostraba lo bien que le sentaba haberme dejado chorreando. Mantuve mis ojos en los suyos, por mucho que su camiseta estuviera más que transparentada y su sujetador me llamase con un canto demasiado tentador. Volvió a girarse para seguir su camino, hasta que se quedó quieta de nuevo, se giró un momento, para añadir–: Sobre todo cuando le di a tu pequeña perra en toda la cara. –me guiñó un ojo y volvió a su camino. ¿Desde cuándo se había vuelto tan condenadamente sexy? Ella siempre había sido “adorable”, bajita y con una forma de ser que incitaba a querer protegerla, y ahora mismo sus caderas ajustadas en ese short negro, dejando sus largas piernas al descubierto, y su camiseta transparentando más de lo que tapaba llevaba a todo lo contrario, incitaba al mismísimo pecado. Negué con la cabeza para volver a la vida real cuando ella ya estaba lo suficientemente lejos.
—Definitivamente estoy loco. –musité para mí.

«No, Harry, ella te vuelve loco.»


● _____:

—Podías currártelo más.
—Olvídalo Sam, no voy a llevar más maquillaje que cara. Solo vamos a cenar en el campus, a lo picnic. –se encogió de hombros.
—Pero estamos a domingo, por la noche, te vistes, te maquillas, una cena, un polvo y un lunes que se empieza con mucha energía. –soltó el aire que guardaba contenido en los pulmones en forma de suspiro.– Deberías soltarte el pelo por una noche, ¿sabes?
—Deberás esperar un poco más. –ironicé y volví a clavar la mirada en aquel espejo. Aquellos pitillo negro se ajustaban a mí como una segunda piel, una camisa vaquera con las mangas sobre los codos y una cantidad de rímel, a mi parecer, excesivo, pues parecía que llevaba auténticas pestañas postizas. Pero me había hecho largos tirabuzones en el pelo, y me encantaban.
—¿Estás lista? –seguí a mi compañera de habitación, de nuevo, hacia el campus delantero. Odiaba pensar que para la semana ya estábamos a primeros de Junio y todos los exámenes caían juntos en ella. Pero el jardín, de nuevo completamente iluminado en tonos naranjas y completamente arreglado me libró del estrés.
Grandes manteles dispersados por el suelo, bajo los árboles y una gran mesa en el exterior, de la que servirse todo tipo de aperitivos. Si algo tenía de bueno este lugar era que se curraban las cosas. Mientras Sam buscaba con la mirada el mantel de los chicos, yo encontré el de los profesores, y en él, al señor Fogg hablando con la señora Doyle, profesora de ciencias. Dudé en acercarme, pero cuando esta se levantó, llamé la atención de Sam.
—Ahora vuelvo, tengo que hablar con alguien.
—Está bien, nosotros estamos bajo aquel árbol. –señaló a la izquierda y no tardé en encontrar nuestro mantel. Asentí y me dirigí al del señor Fogg, que me recibió con una sonrisa.
—Vaya, Selley, estás preciosa. –hizo que mis mejillas se encendieran y me senté a su lado.
—Estoy aquí para que me dé las preguntas de su examen. –susurré, como si de una operación de alto secreto se tratase. Me miró con el ceño en alto.– Es broma, –alcé las manos, inocentemente.– vengo en son de paz.
—Hazte rizos más veces y prometo dártelas. –bromeó.
—Son tirabuzones, inculto. –volví a mostrarme enfadada.
—¿No eres capaz de pasar un minuto sin enfadarte conmigo?
—No. Es insoportable, señor.
—¿Ah, sí?
—S…–no me dio tiempo a acabar de hablar antes de estar tirada en el suelo pidiendo clemencia.–¡Pare de hacerme cosquillas, por dios! –las carcajadas salían de entre mis labios, irrevocables.
—Y tú deja de enfadarte por tonterías y tratarme de usted.
—¡Prometido! ¡Pero para! –sus manos se retiraron de mis costados y me incorporé jadeante.– Gracias a usted, señor…–vacilé, pero alguien aclarándose la garganta me cortó.
—Buenas noches, señorita Selley.
—Buenas noches, señora Doyle. –sonreí falsamente a mi profesora de ciencias, que había vuelto con dos sándwiches en el mejor momento y fulminé con la mirada al señor Fogg, antes de despedirme y volver hacia mi mantel. Maldita vieja y malditos sus sándwiches de pavo.
—Por fin te dignas a aparecer. –me recibió Sam, luego me incorporé a la conversación, o más bien fingía estar allí.
—Voy a por una lata de refresco. –susurré en el oído de mi compañera y me levanté, con la necesidad de salir de allí y evadirme de tanto grito.
La mesa que estaba dispuesta con los aperitivos y los refrescos era enorme y estaba llena de todo tipo de tentempiés imaginables. Observaba fijamente todos y cada uno de los refrescos mientras intentaba decantarme por uno.

—Vaya, Selley, estás preciosa. –las mismas palabras, y solo hizo falta que fuera su voz para desatar una estampida de nervios en todo mi cuerpo. 

·En el próximo capítulo·
—Si no me cuentas lo que te pasa, no te dejaré ir.
—¿Juegas a los psicólogos? –ironicé.
—Algo así. 

TREINTA Y OCHO: SUELTA A HARRY, PERRA. [M]

● _____:

—Levántate de una vez, Selley.
—Tengo el presentimiento de que estás intentando levantarme un sábado a las nueve y media de la mañana, y no me gusta. –murmuré contra la almohada, lo suficientemente alto para que me escuchase.
—Estoy armada con una botella de agua congelada. Si no quieres sufrir las consecuencias, despierta.
—Tú sí que vas a sufrir las consecuencias. –me desperecé para encontrarme a mi morena amiga, aparte de con la dichosa botella en la mano, vestida con unos shorts negros completamente ajustados y cortos en exceso, una básica blanca con el escudo del internado bordado y el pelo recogido en una coleta alta, complementado con una bandana azul.
—Vístete. –lanzó a mi cara, mientras recorría su atuendo con sorna, un conjunto idéntico al suyo.
—Me estás vacilando. –volví a dejarme caer cara a la almohada mientras maldecía en todos los idiomas que conocía. Supe que no lo hacía cuando un chorro de agua helada cayó en mi nuca, haciendo que me levantase de la cama de un salto.– ¡Está bien, está bien! Estoy despierta. Pero no me vestiré eso hasta que me digas el porqué de ello.
—Perteneces al equipo azul.
—¿El equipo de qué?
—No te enteras de nada, nena. –me empujó hasta sentarme delante de la cómoda y empezó a peinar mi melena en una coleta como la suya.– Aprovechando la ola de calor que han dado para esta última semana de Mayo y la primera de Junio, suplicamos al director que nos permitiese hacer una guerra de globos de agua. Y tú estás en mi equipo, en el azul.
—¿Y quién ha dicho que yo quiera participar? ¿Y mucho menos vestirme así? –alcé el ceño.
—Yo. Y tienes cinco minutos para vestirte.

A regañadientes le hice caso y, literalmente, me arrastró hacia el campus delantero. Los bandos ya estaban divididos. Al lado derecho, los rojos, y al izquierdo, los azules. Un enorme recipiente color beige contenía los cientos de globos llenos de agua a cada lado de la línea divisoria establecida.
Observé uno por uno los jugadores del equipo contrario, varios conocidos de vista, la mayoría de los actores que había conocido en la obra, la hija del director y niña repelente, Catharine y Harry formaban el grupo. Los de mi equipo, en el que estaban la mayoría de jugadores del equipo de fútbol, Mía, Trevor y Samantha, se agruparon en círculo, arrastrándome hasta él, para elaborar una jugada.
—¿Qué se supone que hay que hacer? –pregunté.
—¿Nunca has jugado a una guerra de globos? –me miraron atónitos. Negué con la cabeza.
—Mmmm, como bien su nombre indica, tienes que lanzar globos y dar a los del otro equipo. –miré irónica a Mía, dudando si lo había dicho insinuando que yo soy idiota o dando a entender que el dicho de que las rubias son tontas es falso, llevándose ella el primer premio. Sam rodó los ojos, ignorando a la pelirroja.
—¿Tienes buena puntería? –asentí. No tenía “buena puntería” tenía un maldito don. Aunque también era lo único que se me daba realmente bien.– Genial. Pues la cuestión es coger un globo ¡y dar en las partes nobles de los demás!
—Lo que Sam quiere decir… –recibió un codazo de Aaron, un jugador del equipo.– Es que tienes que coger un globo y mojar lo máximo posible a los del equipo contrario.
—Esa parte ya la había pillado. –el chirriante sonido de un silbato nos hizo dispersarnos. Nos colocamos con un globo en la mano, esperando el “ya”, como el otro equipo, por parte del profesor de Educación Física.
—¿Preparados, alumnos? Listos… –su voz se hizo lenta ante nuestras ganas de empezar a lanzar globos.– ¡Ya! –aun esperándolo me cogió por sorpresa. El primer globo que lancé impactó de lleno en el pecho de Jane. Aunque lanzar se me daba muy bien, era esquivarlos lo más complicado. En solo un segundo diez globos caían sobre ti como nada. Intenté correr lo máximo posible hasta conseguir otro globo, el que impactó sobre la espalda de alguien que intentaba pillar uno, también, en el bando contrario.
Estaba empezando a divertirme.
Aunque no duró mucho cuando mi cabeza se ladeó hacia un lado y mi ceño se elevó por las nubes. Planté mi vista en Catharine, la que lanzaba globos sin ton ni son, y cada vez que asestaba uno, corría y saltaba celebrándolo, a lo que Harry reía. ¿Esas tenemos, rubia?
Intenté que la ira no se apoderara de mí, fijando un sujeto al que lanzar globos sin parar. El pobre chaval, que no debía ni de saber de dónde caían tantos globos, padecía toda mi ira al completo.
—¡Qué bien lanzas, _____!  –Aaron se acercó a mí, lanzando su globo y dando de pleno en el pecho de una chica.– ¡Y qué bien lo voy a pasar cuando toda la ropa esté transparentada! –soltó una carcajada, que acabó contagiándome, hasta que un globo impactó en su cara. Seguí el trayecto de este hasta ver cómo la hija del director lo celebraba. Y no precisamente con saltitos. Se lanzó a los brazos de Harry, dándole un abrazo de oso. Un enorme globo rosa fucsia ocupó completamente la palma de mi mano.
—Suelta a Harry, perra. –musité al lanzarlo, y este impactó en su cara cuando tocó el suelo.
Me obligué a no volver a mirarlos en todo el juego, mientras cada vez iban quedando menos globos. Jadeaba a no poder más del cansancio mientras lanzaba un globo hacia la cabeza de un rojo.
Me tomé un descanso después de pillar otro globo, intentando tranquilizar mi respiración, hasta dame cuenta de que todas las miradas recaían en mí.
—Tienes el último globo del equipo azul. –me susurró Trevor, al darse cuenta de que no entendía nada. Me acerqué un poco más a la línea que dividía los campos. Cuál fue mi sorpresa al saber quién tenía el último globo de los rojos.
Catharine Ellis sonrió con sorna, sosteniéndolo en la mano. Tres segundos, que parecieron una eternidad, le tomó lanzarme el globo. Esquivarlo fue tan fácil como dar un paso hacia atrás. Su sonrisa se desvaneció a medida que crecía la mía.
Mis ojos estaban clavados en el blanco, y no dudé a la hora de lanzar aquel globo, desviándolo un poco hacia la derecha e impactando de lleno sobre unos rizos que ahora empezaron a chorrear.
«Eso por ponerme celosa, Styles.»
La duda reinaba en la cara de los rojos, y en algunos de los azules que no estaban celebrando ya la victoria.

—Ups, fallé. –me encogí de hombros con una sonrisa inocente. 

·En el próximo capítulo·
—Buena puntería, Selley. –su voz a mis espaldas me hizo detenerme.
—Lo sé. Sobre todo cuando le di a tu pequeña perra en toda la cara. 

TREINTA Y SIETE: SOLO ES…SELLEY. [M]

● _____:

—Igual de perra que siempre. –musitó mi compañera mientras a la hora de la cena tomábamos asiento en nuestra antigua mesa, para variar, y poder hablar sin la continua mirada de los jugadores.
—Eso hasta yo lo tenía asimilado.
—Pues aún no has visto nada. Espera a que entre moviendo las caderas y pisando fuerte con los tacones.
—Eso ya lo vivo todos los días cuando aparece Mía. –ironicé.
La puerta se abrió mientras hablábamos y todo el mundo se giró para comprobar si era Catharine. Pero Liam, Niall, Louis y Zayn entrando, hicieron que volviesen las cabezas a sus respectivos platos.
—Harry no está. –giró la cabeza de nuevo, mirándome. A veces Sam era mucho más guapa callada. Aunque yo sabía de sobra que solo lo hacía porque conocía lo mal que se me daban disimular los ataques de celos. Me limité a encogerme de hombros. Pronto tuvo que retirar lo que había dicho, este entraba por la puerta y se dirigía hacia la encargada del comedor.
Todo el barullo de gente acalló segundos después. Todo lo que podía percibirse era el ligero paso de aquella rubia haciendo sonar sus tacones. Seguí sus pasos, como la mayoría de personas que había en el comedor, hasta que se colocó justo después de Harry, a la cola.
Algo en el interior de mi pecho se desquebrajó cuando el castaño se dio la vuelta.
Su faceta de sorpresa, su sonrisa inclinándose hacia un lado y palabras que, esta vez, no pude oír, ya que estaba completamente centrada recordando la primera vez que me encontré con él. Exactamente de esta misma manera y Harry había hecho exactamente los mismos gestos y juraba que le estaba diciendo lo mismo. Aquello que había empezado a desquebrajarse en mi pecho, acabó por romperse completamente.
—¿____? –la voz de Sam sonó demasiado lejos para conseguir que apartase la vista de la sonrisa de ambos.
—Tengo que salir de aquí. –solo conseguí decirlo con un ápice de voz.
—¿Qué? –ya no hizo falta que lo repitiese, yo ya estaba cerrando la pesada puerta del comedor al salir.

«¿Sabes por qué sucede esto Selley?» Dejé que mi cerebro me recordase el por qué estaba así. «Te has ilusionado como una niña pequeña se ilusiona con un caramelo.»  Eso era cierto. «Deberías haber tenido claro que esto pasaría en el mismo momento en el que decidiste romper la regla de no acercarte a menos de tres metros de él.»
Presioné mi sien con los dedos mientras colgaba mi móvil del oído, rezando porque respondiese lo más pronto posible, antes de que mi voz se quebrase.
«¿Iba a llorar por Harry?»
Esa pregunta resonó en mi mente con un tono sarcástico.
«Sí, era lo que estaba a punto de hacer.»

● Harry:

—¡Harry! –me obligué a sonreír a Catharine cuando esta apareció al darme la vuelta.– Cuanto tiempo.
—Sí. –la última vez que había venido al instituto habíamos tenido nuestro encontronazo en el club.
—¿Quieres enseñarme el campus después de cenar? –sonrió, mostrando su perfecta hilera de dientes blancos.
—Creo que ya lo conoces todo. –alcé el ceño.
—Sí, pero no en la oscuridad. –guiñó un ojo intentando incitarme a que accediera. Me daba verdadera pena que no supiera que eso, por algún motivo, ahora ya no funcionaba.– No voy a dejar que te niegues de todas formas.

—De acuerdo. –rodé los ojos ante su insistencia.– Una vuelta rápida, y volvemos.
—¡Gracias! –sabía que en el momento en el que aceptara, se colgaría de mi brazo como un koala. Hice una seña a los chicos, que me esperaban en la mesa, y salimos de allí. La llevé al sótano, para salir por la puerta que daba al campus trasero, donde se encontraba el polideportivo y el club.
—¿Por qué has venido al internado? –caminamos por el lateral del edificio hacia la parte delantera.
—Quería hacerle una visita a mi padre. –la miré alzando el ceño.– Y quizás…pasar un buen fin de semana. –volvió a hacer aparecer su gran sonrisa y sus ojos brillaron de lujuria en el oscuro de la noche.
—¿En tu instituto italiano privado para señoritas no os enseñan a divertiros? –vacilé. Su brazo seguí enroscado al mío cual pitón intentando ahorcar a su presa.
—¡No hay ni un solo hombre! ¿¡Ves algo de diversión a eso!?
—Lo que veo es que las mujeres no sabéis vivir sin los hombres. –bromeé.
—Idiota, prepotente, engreído. –susurró y una punzada de dolor acompañada de recuerdos atravesó mi mente.
«Los recuerdos nunca mueren, Styles.»
—Casi llegamos al campus delantero, luego volvemos, ¿vale? –asintió y forzó más su agarre, como si eso lo impidiese.
Las luces de las farolas que decoraban el borde del camino de grava hacían de la zona delantera un lugar mucho más iluminado que el anterior camino que habíamos recorrido.
—¿Qué pasa allí? –señaló bajo los dos grandes pinos que bordeaban el claro donde normalmente se veían perfectamente las estrellas. Ni siquiera había reparado en el lugar ni en lo que sucedía hasta que seguí su dedo.
—Ah. Solo es…Selley. La nueva.
—¿Es guapa?
—Joder si no. –musité.
—¿Qué?
—Sí, es bastante guapa.
—¿Con quién está? Me parece demasiado mayor para ser un alumno.
—Es…el señor Fogg. –mis labios se curvaron en una mueca a la vez que pronunciaba su nombre.– Profesor de literatura.
—¿Ella es de esas a las que les gusta enrollarse con los profesores?
—No. –negué en rotundo.– Solo se llevan bien. No son nada. No salen juntos.
—Por tu tono de voz parece que eres tú el que intenta convencerse de ello. –se burló y solté un gruñido, lo más parecido a una respuesta que podía darle en ese momento. Volví a emprender el paso a la cafetería, esta vez más rápido que antes. Por lo menos me libré de sus inoportunas preguntas durante el tramo de camino, hasta estar de nuevo ante aquellas puertas.
—Ya hemos llegado. –sonreí lo más auténticamente que en aquel momento era capaz.
—Pareces enfadado…
—Estoy perfectamente. –le corté.
—Más que enfadado, celoso. –sonrió de lado y la ignoré.
—Voy a entrar con los chicos, ¿vienes o te vas a tu habitación?
—Me voy. –le sonreí a modo de despedida con intención de entrar.– Espera. –volví a mirarla. Estaba entrelazando sus dedos y parecía nerviosa.– ¿Puedo hacerte una pregunta personal? –me miró como si ahora yo le produjese auténtico pavor.
—Adelante.
—¿Quién ha sido la última persona con la que te has acostado? –sus mejillas se encendieron mientras yo volvía a sumirme en los recuerdos de aquella noche. Hace un mes.
—¿Acostado o enrollado?
—La última persona a la que te has llevado a la cama.
—A ____.  –susurré su nombre.– A ____ Selley.

·En el próximo capítulo·
—¿Tienes buena puntería? –asentí. No tenía “buena puntería” tenía un maldito don. Aunque también era lo único que se me daba realmente bien.– Genial. Pues la cuestión es coger un globo ¡y dar en las partes nobles de los demás!
—Lo que Sam quiere decir… –recibió un codazo de Aaron, un jugador del equipo.– Es que tienes que coger un globo y mojar lo máximo posible a los del equipo contrario.
—Esa parte ya la había pillado. 



sábado, 27 de julio de 2013

TREINTA Y SEIS: ¿ÉL? ¿ENAMORARSE?


● _____:

Después de aquella noche en la que ambas nos dijimos un millón de cosas cursis, pero al fin y al cabo ciertas, Sam y yo nos unimos más si era posible, y ahora nos contábamos hasta cuantas veces respirábamos. Y lo que era más importante para mí es que le contaba todas esas especulaciones que me mandaba el cerebro, por lo que no tenía que afrontarlas sola. Ya no me jodía todos los minutos del día pensando en que el apodo al que me había acostumbrado a oír de sus labios, ahora fuese a ser dirigido hacia otra.
—¿Quieres tranquilizarte, Selley? –Sam, como siempre, con su postura de indio, me hablaba desde la cama.– Esa arpía llega esta tarde y se marcha el lunes por la mañana. Solo tienes que aguantarla prácticamente sábado y domingo. Harry no es tan tonto como para usar tu apodo con ella.
—No es mi apodo… es más bien…
—Deja las malditas excusas, mujer. Ese “nueva” que empezó siendo un juego para ambos, acabó llegándoos al fondo. Ahora tú eres la única nueva que verán sus ojos. Deja las paranoias a un lado.
—Tienes razón. He estado dos días comiéndome la cabeza completamente. Solo va a llegar y se la va a tirar, nada más. ¡Ni que fuera a enamorarse! ¿Él? ¿Enamorarse? –me reí falsamente de mis propias palabras.– Joder, estoy hecha mierda. –yo también me dejé caer en cama.
—¡Ya está bien de drama! Pareces una maldita enamorada. ¿Sabes cómo se le llama a lo que sientes? ¿Esos celos o esas “mariposas? Se llama a…
—¡Ni lo digas! –me levanté de golpe, para señalarla con el dedo– No te atrevas.
—¿¡Por qué te cuesta tanto admitirlo!?
—Sobre mi cadáver admitiré que siento eso. Sobre mi puto cadáver.

● Harry:
Una vez acabadas las clases de hoy, por fin, Liam y yo nos dirigimos al banco en el que supuestamente Zayn, Niall y Lou nos esperaban.
—¿Sabes quién llega en un par de horas? –me preguntó, mientras dejábamos atrás el primer pasillo. Asentí.
—Catharine Ellis. –pronuncié su nombre mientras lamía mi labio superior.
—La próxima “nuevita”. –negué.
—Ese apodo es de Selley. Ella es la única nueva. Puede pasarse aquí cincuenta malditos años que siempre la llamaré así, únicamente para hacerla rabiar.
—Quizás, pero vas a llevarte a Catharine a la cama de todas formas solo para ser el primero. Como en su día hiciste con tu problema de metro sesenta. –no le respondí inmediatamente. Sino que retrocedí en el tiempo y empecé a reírme de todas esas veces en las que _____ tenía que ponerse de puntillas para poder plantarme cara.
—¿Quieres sexo con Catharine?
—¿Qué? –se detuvo en medio del pasillo.
—Que si tienes ganas, lígate a la hija del director, no me importa. –se llevó la mano a mi frente y tocó mi cara.
—¿Estás enfermo? Ven, vamos a enfermería a que te tomen la fiebre. Estás delirando. –solté una carcajada y seguí caminando.
—Estoy perfectamente. Anda, vamos con los demás.
—¡Qué bonito es el amor! –exclamó este cuando nos sentamos con los tres chicos que nos esperaban en un banco del campus delantero.
—¿Qué mosca te ha picado, Liam? –Niall casi se atraganta con una de las pastillas de chocolate que se estaba tragando. El castaño se levantó y se colocó delante de todos nosotros.
—Harry me ha dicho que puedo ligarme y acostarme con Catharine Ellis, ¡antes que él! ¡Antes! Aquí pasa algo, o bien está enfermo, o está enamorado.
—O está enfermo de amor por Selley. –el irlandés se estaba jugando un golpe, que le advertí con una mirada asesina, en cambio chocó las manos con Liam y Louis.
Siguieron burlándose y hablando hasta que, por su bien, decidí ignorarlos.
—Estás muy…sensible últimamente. Necesitas un polvo, digo yo. –Zayn pasó un brazo por mis hombros esperando una respuesta, la que se vio silenciada por el pesado sonido de las enormes puertas principales abrirse, para poco después un Mercedes plateado, recorrer el camino de grava.
—Esto me recuerda a la llegada de ______. –recordó Liam y los demás asintieron. Yo me había quedado en cama vagueando ese maldito día.
—No tío, –objetó Niall.– ella llegó en limusina. Tiene más clase. –empezaron a reírse y me centré en el movimiento de la puerta trasera de aquel coche. Ya sabía lo que saldría, la había visto antes. Metro sesenta y largos de puras piernas, melena sobre los hombros de un rubio platino oscuro y unos ojazos azules tan intensos que podrían parecer morados.
—Piernas demasiado delgadas, pero muy largas, curvas demasiado rectas y completamente plana de la cintura al cuello.
—No está plana, solo…no tiene los de Jennifer. Y mucho menos los de Mía. –apoyó Niall a la rubia, en contra de Zayn.
—El día que dejes de ser tan superficial… –rodé los ojos a mi amigo moreno y me miró alzando el ceño.
—Cuidado amigos, estamos ante el romántico más cariñoso sobre la faz de la Tierra, el cual solo se fija en el interior… –contraatacó y los demás le concedieron la victoria a él riendo a carcajadas.

Volví a ignorarlos para recorrer con la mirada el camino de la rubia, seguida por dos hombres, hacia el interior. Llevaba el uniforme del instituto pese a no ser alumna y caminaba como si de una pasarela de moda se tratase. Ella era otra más de las que lo acompañaba con unos taconazos de diez centímetros de color negro mate. Mientras observaba como subía las escaleras principales me di cuenta de que llevaba la falda tan corta que al mover las piernas no hacía falta ni imaginación para verla completamente.  Aunque dejé sus tacones a un lado y me paré en unas Vans que ya conocía. Entonces sí que recorrí sus largas piernas lentamente, ella tampoco llevaba la falda en modo apto para cardíacos, y su pequeño cuerpo. Apoyada en la fachada del internado, en las escaleras, _____ y Sam tampoco se perdían la llegada de la hija del director. Segundos después de que esta entrase vi como Selley gruñía algo y se disponía a entrar, con un maldito movimiento de la falda que me hizo atragantarme. 

·En el próximo capítulo·
—Igual de perra que siempre. 
—Eso hasta yo lo tenía asimilado. 

sábado, 20 de julio de 2013

TREINTA Y CINCO: LO SIENTO SI INTERRUMPO.


● _____:

—Lo he estado pensando. –dije mientras secaba las puntas del pelo con una toalla.
—¿Pensado en qué? –me miró confuso, sentado en mi cama.
—Lo de las actividades para recaudar fondos.
—¡Ah! Menos mal porque quedan dos semanas y no se me ha ocurrido nada todavía. ¿Qué pensaste?
—He pensado en una especie de subasta.
—¿Y qué subastamos? –ahora decirlo era difícil, y a saber por quién me tomaba el señor Fogg.
—Eh, bueno… Sabes que en el internado el…sexo es como…Vamos que practicarlo es algo cotidiano. –me miró alzando el ceño y mis mejillas tomaron color inmediatamente.– ¡No! ¡No es lo que piensas!  –negué con las manos.– Digo que… podríamos subastar citas.
—¿Citas?
—Los chicos pujan por las chicas y tienen una cita con esa chica. Nada fuera de lo común, una cena, risas y mucho, muchísimo dinero para el internado.  Y no creo que a nadie le decepcione la idea.
—¿Estás segura de que es buena idea?
—¡Claro que sí! Los tíos pujando por las tías que les gustan, o simplemente para tener una cita.
—Supongo que propondré la idea en el consejo.
—¡Va a ser genial! –salté por toda la habitación, cual niña pequeña, hasta acabar exhausta y sentada a su lado.
—Imagínate que un hombre que te cae mal, o simplemente no te agrada, puja por ti. ¿Ya no sería tan divertido, eh? –alzó las cejas.
—En eso tienes razón…¡Por eso vas a pujar por mí! –se atragantó con el mismísimo aire, y entonces le obligué a mirarme.– Así ya no corro ese riesgo. Y como tu alumna favorita tampoco te importará mucho.
—¿Quién te ha dicho que seas mi alumna favorita? ¿¡Quieres dejar de insistir!? –entorné los ojos para mirarlo con odio.
—Entonces dime, ¿Quién lo es, ah? –se acercó a mi oído.
—Una bajita que se sienta al fondo y se pasa toda la clase mirando por la ventana. –dejé de fingir un enfado, para abrazarlo. La verdad que la idea no estaba mal y siempre había querido participar en una actividad por el estilo.
—¡Entonces ya está! ¡Asunto arre…
—¡______! –como loca, una morena abrió la puerta de golpe, para luego reprimirse. Rápidamente solté el cuello del señor Fogg.– Lo siento si interrumpo. –me miró, con una mezcla de ironía y sarcasmo.– Y hola, señor Fogg.
—Hola a ti también, señorita Morrison.

[ … ]

—Adivina quién va a venir este fin de semana. –levanté la cabeza de lo que se suponía que debía ser mi cena y presté atención a Sam.
—¿Quién? –en realidad me importaba muy poco.
—Catharine Ellis, la querida hija del director.
—Oh, genial. Vamos a tener a una tía repelente corriendo por los pasillos y creyéndose la dueña de esto. –rodé los ojos.
—Nunca podría haberlo expresado mejor. –volvíamos a estar sentadas en nuestra mesa de siempre, para poder hablar de mejor amiga a mejor amiga sin las miradas de excitación de nuestros “amigos” jugadores.– ¿Sabes lo que eso significa? –volvió a hablar. Negué con la cabeza.– Una chica nueva. Se va el lunes por la mañana, pero… Nueva al fin y al cabo.
—¿Qué quieres decir con eso? –me hice la sueca. Conocía perfectamente a lo que se refería y ella advertía que lo sabía. Alzó el ceño, por lo que solté todo el aire de golpe, cediendo.– Deja el tema, por favor. Me da realmente igual. –También ella sabía que yo mentía.
—Te creo. –cedió ella ahora– Y tus mimos con el señor Fogg de hoy a la tarde en la habitación lo corroboran.
—También estás pesadita con el tema ese, eh. –rodé los ojos como acto reflejo.
—¿Me lo negarás? ¿Qué habría pasado si no llego a irrumpir, Selley?
—Nada. –Ni yo lo sabía, para ser concretos. Me deshice de las sobras, o lo que venía a ser mi cena intacta, después de Sam y volvimos a la habitación. Cada una sumida en sus propios pensamientos, o problemas, nos despojamos de la ropa y nos dejamos caer en sendas camas. Como a mí me quedaba más cerca, me encargué de disminuir la intensidad de la luz.
—¿Sabes, ______? –habló, por fin.
—¿Qué?

—No sé si te lo he dicho antes, pero muchas veces noto como te cierras y tú sola te paras a pensar en todos tus problemas. Nunca pides ayuda y aguantas el dolor como si fuese una obligación sentirlo. Y no me gusta. Soy tu mejor amiga, así que cuéntame lo que te pasa, porque detrás de esta ninfómana de ideas raras, hay alguien que se jugaría el maldito pellejo por ti.  

·En el próximo capítulo·
—¡Qué bonito es el amor! –exclamó este cuando nos sentamos con los tres chicos que nos esperaban en un banco del campus delantero.
—¿Qué mosca te ha picado, Liam? –Niall casi se atraganta con una de las pastillas de chocolate que se estaba tragando. El castaño se levantó y se colocó delante de todos nosotros.
—Harry me ha dicho que puedo ligarme y acostarme con Catharine Ellis, ¡antes que él! ¡Antes! Aquí pasa algo, o bien está enfermo, o está enamorado.
—O está enfermo de amor por Selley.