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Mi respiración, agitada. Mi pecho subía y bajaba
acompasado y gotas de sudor recorrían mi cuerpo, pero ¡por fin podíamos dejar
de correr! ¿Qué forma de dar una clase de educación física tiene este hombre?
Lo miré con odio mientras todos nos reuníamos en la pista artificial para
estirar. Imitaba lo que ya me sabía de memoria, de repetir tantas veces,
mientras mi mente proyectaba ante mí dos labios unirse y unos brazos abrazarse.
Y ninguno de los dos eran los míos, quizás eso fuese lo que más me dolía. ¿Cómo
tenía tanta cara como para enrollarse con Mía delante de mí?
—¡Selley! ¿Puedes hacer el favor de prestar
atención? –la ronca voz del profesor de educación física irrumpió en mi mente,
y a pesar de que viniese acompañase de recriminaciones, agradecí que impidiese
volverme roja de la rabia.
—Sí. –acompañé la afirmación con una especie de
gruñido involuntario y estiré más las piernas.
Estiré hasta sentir el suficiente dolor como para
que no me dejasen oír ni siquiera los gritos de mi mente. Era difícil, vivir
así era completamente un asco. Sucedió todo lo que había rezado porque no
pasara. Interpretaba una especie de papel que cualquiera en su sano juicio
rechazaría. Solo me quedaba aguantar lo que me echasen encima.
—¡Pueden cambiarse! –la misma voz ronca sirvió esta
vez de una especie de campana de la libertad. Me centré en largarme de allí,
pero lo único que logré fue comerme el suelo gracias a un empujón.
—Oh, lo siento, ¿estás bien? –las disculpas de la
pelirroja sonaron tan falsas como lo era ella. Y la cara de satisfacción con la
que me miraba desde arriba lo demostraba.
—¿Tienes alguna clase de problema mental?
–cuestioné en alto.– Cada vez que nos encontramos me lo afirmas un poco más.
Me levanté y planté cara a aquella arpía de metro
setenta y pico. Tenía principios y no me rebajaría a su altura, pero nunca
había tenido tantas ganas de dejarle marca.
—¿Sabes? Yo no tengo ningún problema. –se regodeó,
tenía el ego crecido. Dos encontronazos con ella en el mismo día, acababan por
fastidiarlo completamente.– Lo que sí… tengo a Harry. –me guiñó un ojo antes de
seguir con sus amigas. ¿Qué quería hacerme entender, que había ganado? ¡No había
nada que ganar! ¿Quizás quería ponerme furiosa? ¡Pues lo había conseguido! ¡Y
de pleno!
Atravesé el gimnasio en dirección a las duchas.
Ahora sí que echaba humo y estaba segura. ¿¡Quién se creía!?
Con el golpe que le propiné a aquella puerta al
salir, creí que se vendría abajo. ¡Pero decir que estaba furiosa era poco! No
sabía si gritar, llorar, o empezar a dar golpes a todo lo que se me cruzase por
delante. Sí, era una niña malcriada, y eso sí sabía admitirlo.
Me encerré en la última de las duchas individuales,
las femeninas contaban con cabinas más privadas. A diferencia de las
masculinas, en las que ya había estado. Pegada a una pared. Medio desnuda.
Encima de Harry.
¡Maldita sea! ¿¡Cada lugar de este puñetero
internado va a recordarme a él!?
Dejé que un
chorro de agua fría cayese sobre mí cuerpo, para empezar a quejarme sobre lo
entumecida que me había quedado y no en todo lo que me había caído encima en
tan poco tiempo.
Me solté el pelo y empecé a quitarme la ropa de
deporte. Me centré en mi larga melena para ignorar todo lo demás. Salí de aquel
lugar lo más rápido que me permitieron mis piernas mojadas, mientras volvía a
atarme el pelo. Las dos últimas horas de los martes eran agotadoras, pero me
quedaba todo el día, para pensar. Justamente lo que menos ganas tenía de hacer.
—Hola. –saludé a Sam al entrar, que para no variar
estaba sentada a lo indio sobre su cama, con el móvil.
—Hola. –respondió igual de seca que yo. Nuestras
miradas se encontraron cuando me dejé caer en la cama. ¡Había sido mi mejor
amiga, joder! ¿Y por qué la había perdido? Por no ser capaz de admitir que
había sido yo quien la había cagado.– ¿Qué tal el día de hoy? –impidió que
siguiese echándome las culpas a mí misma, pero últimamente no hacía otra cosa.
—Una gran mierda, no voy a mentir. ¿Y el tuyo?
—Bueno, ya sabes. Mi vida se basa en no hacer nada
en clase y sexo en los descansos. Debo admitir que soy una ninfómana sin
remedio. –negó con la cabeza. Y a mí me gustaba que fuese así, de esa
“ninfómana” me había hecho mejor amiga. Nos mantuvimos la mirada, ¿qué clase de
conversación había sido esta? ¿¡Y qué clase de mejores amigas seríamos si
perdiésemos nuestra amistad por un hombre!?
—¡Qué leches! ¿Somos mejores amigas o no? –sonrió.–
Dime a quién tengo que dejar inválido.
—Déjame a Mía a mí.
—¿La pelirroja esa ha vuelto a hacer de las suyas?
–alzó el ceño.
—Digamos que tuve entradas para una función en
primera fila de la manera tan natural que tienen Harry y la arpía esa de
enrollarse en el pasillo. ¡Y él me había negado en la cara no haberse acostado
con ella después de hacerlo conmigo!
—En realidad, no te mintió. Harry decidió
comportarse así después de ver tus cariñitos y mimitos con el señor Fogg. –no
quise ni preguntar de dónde habían sacado eso.– Pero al igual que él, tú
también vas a jugar.
—¿Qué?
—Vas a aprender cómo ser una rompecorazones.
—Pero yo no quiero ser nada.
—¡Claro que no! Tú lo que quieres es vivir amargada
como estás. Por una vez hazme caso a mí, sin rechistar.
—Pero…
—Calla y escucha…–esto no iba a ser bueno, lo
presentía.– A los chicos les gusta el peligro. Y tú vas a ser una extraña que
va a jugar a decir “te quiero”.
—¿Y eso para qué vale a parte de para engañar y
hacer daño? –la corté.
—Principalmente para que el rulos vea que no es él
el que sale siempre victorioso.
—¿Pero no era tu amigo y no sé qué más?
—Sí, pero todos tenemos que aprender alguna vez y a
él le llegó la hora.
—¿Y qué se supone que quieres que haga? No pienso
tirarme a cualquiera, como la mayoría de zorras.
—¡No tienes que tirártelos! Solo tienes que
aparentar delante de Harry ser como…¡la mujer más deseada del internado! Además
no creo que te cueste mucho…
—¿Y eso para qué va a valer? –las ideas de Sam siempre
resultaban ser una locura. Ya lo había comprobado con lo de la apuesta.
—Simplemente es un cambio de posiciones. Ahora tú
estarás arriba, disfrutando, y él abajo, muriéndose de celos.
·En el próximo capítulo·
—Dime la
verdad. ¿Quién es tu alumna favorita? –pasé lentamente un brazo por su cuello
hasta abrazarlo completamente.
—Tú, por
supuesto. –ironizó.
—¡Oye! Si
lo dices de br…
—Buenos días. –aquella
voz grave, que yo conocía de sobra, nos interrumpió. Solo cinco segundos le
bastaron para observar la escena, antes de sentarse en su silla.
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