lunes, 29 de julio de 2013

TREINTA Y OCHO: SUELTA A HARRY, PERRA. [M]

● _____:

—Levántate de una vez, Selley.
—Tengo el presentimiento de que estás intentando levantarme un sábado a las nueve y media de la mañana, y no me gusta. –murmuré contra la almohada, lo suficientemente alto para que me escuchase.
—Estoy armada con una botella de agua congelada. Si no quieres sufrir las consecuencias, despierta.
—Tú sí que vas a sufrir las consecuencias. –me desperecé para encontrarme a mi morena amiga, aparte de con la dichosa botella en la mano, vestida con unos shorts negros completamente ajustados y cortos en exceso, una básica blanca con el escudo del internado bordado y el pelo recogido en una coleta alta, complementado con una bandana azul.
—Vístete. –lanzó a mi cara, mientras recorría su atuendo con sorna, un conjunto idéntico al suyo.
—Me estás vacilando. –volví a dejarme caer cara a la almohada mientras maldecía en todos los idiomas que conocía. Supe que no lo hacía cuando un chorro de agua helada cayó en mi nuca, haciendo que me levantase de la cama de un salto.– ¡Está bien, está bien! Estoy despierta. Pero no me vestiré eso hasta que me digas el porqué de ello.
—Perteneces al equipo azul.
—¿El equipo de qué?
—No te enteras de nada, nena. –me empujó hasta sentarme delante de la cómoda y empezó a peinar mi melena en una coleta como la suya.– Aprovechando la ola de calor que han dado para esta última semana de Mayo y la primera de Junio, suplicamos al director que nos permitiese hacer una guerra de globos de agua. Y tú estás en mi equipo, en el azul.
—¿Y quién ha dicho que yo quiera participar? ¿Y mucho menos vestirme así? –alcé el ceño.
—Yo. Y tienes cinco minutos para vestirte.

A regañadientes le hice caso y, literalmente, me arrastró hacia el campus delantero. Los bandos ya estaban divididos. Al lado derecho, los rojos, y al izquierdo, los azules. Un enorme recipiente color beige contenía los cientos de globos llenos de agua a cada lado de la línea divisoria establecida.
Observé uno por uno los jugadores del equipo contrario, varios conocidos de vista, la mayoría de los actores que había conocido en la obra, la hija del director y niña repelente, Catharine y Harry formaban el grupo. Los de mi equipo, en el que estaban la mayoría de jugadores del equipo de fútbol, Mía, Trevor y Samantha, se agruparon en círculo, arrastrándome hasta él, para elaborar una jugada.
—¿Qué se supone que hay que hacer? –pregunté.
—¿Nunca has jugado a una guerra de globos? –me miraron atónitos. Negué con la cabeza.
—Mmmm, como bien su nombre indica, tienes que lanzar globos y dar a los del otro equipo. –miré irónica a Mía, dudando si lo había dicho insinuando que yo soy idiota o dando a entender que el dicho de que las rubias son tontas es falso, llevándose ella el primer premio. Sam rodó los ojos, ignorando a la pelirroja.
—¿Tienes buena puntería? –asentí. No tenía “buena puntería” tenía un maldito don. Aunque también era lo único que se me daba realmente bien.– Genial. Pues la cuestión es coger un globo ¡y dar en las partes nobles de los demás!
—Lo que Sam quiere decir… –recibió un codazo de Aaron, un jugador del equipo.– Es que tienes que coger un globo y mojar lo máximo posible a los del equipo contrario.
—Esa parte ya la había pillado. –el chirriante sonido de un silbato nos hizo dispersarnos. Nos colocamos con un globo en la mano, esperando el “ya”, como el otro equipo, por parte del profesor de Educación Física.
—¿Preparados, alumnos? Listos… –su voz se hizo lenta ante nuestras ganas de empezar a lanzar globos.– ¡Ya! –aun esperándolo me cogió por sorpresa. El primer globo que lancé impactó de lleno en el pecho de Jane. Aunque lanzar se me daba muy bien, era esquivarlos lo más complicado. En solo un segundo diez globos caían sobre ti como nada. Intenté correr lo máximo posible hasta conseguir otro globo, el que impactó sobre la espalda de alguien que intentaba pillar uno, también, en el bando contrario.
Estaba empezando a divertirme.
Aunque no duró mucho cuando mi cabeza se ladeó hacia un lado y mi ceño se elevó por las nubes. Planté mi vista en Catharine, la que lanzaba globos sin ton ni son, y cada vez que asestaba uno, corría y saltaba celebrándolo, a lo que Harry reía. ¿Esas tenemos, rubia?
Intenté que la ira no se apoderara de mí, fijando un sujeto al que lanzar globos sin parar. El pobre chaval, que no debía ni de saber de dónde caían tantos globos, padecía toda mi ira al completo.
—¡Qué bien lanzas, _____!  –Aaron se acercó a mí, lanzando su globo y dando de pleno en el pecho de una chica.– ¡Y qué bien lo voy a pasar cuando toda la ropa esté transparentada! –soltó una carcajada, que acabó contagiándome, hasta que un globo impactó en su cara. Seguí el trayecto de este hasta ver cómo la hija del director lo celebraba. Y no precisamente con saltitos. Se lanzó a los brazos de Harry, dándole un abrazo de oso. Un enorme globo rosa fucsia ocupó completamente la palma de mi mano.
—Suelta a Harry, perra. –musité al lanzarlo, y este impactó en su cara cuando tocó el suelo.
Me obligué a no volver a mirarlos en todo el juego, mientras cada vez iban quedando menos globos. Jadeaba a no poder más del cansancio mientras lanzaba un globo hacia la cabeza de un rojo.
Me tomé un descanso después de pillar otro globo, intentando tranquilizar mi respiración, hasta dame cuenta de que todas las miradas recaían en mí.
—Tienes el último globo del equipo azul. –me susurró Trevor, al darse cuenta de que no entendía nada. Me acerqué un poco más a la línea que dividía los campos. Cuál fue mi sorpresa al saber quién tenía el último globo de los rojos.
Catharine Ellis sonrió con sorna, sosteniéndolo en la mano. Tres segundos, que parecieron una eternidad, le tomó lanzarme el globo. Esquivarlo fue tan fácil como dar un paso hacia atrás. Su sonrisa se desvaneció a medida que crecía la mía.
Mis ojos estaban clavados en el blanco, y no dudé a la hora de lanzar aquel globo, desviándolo un poco hacia la derecha e impactando de lleno sobre unos rizos que ahora empezaron a chorrear.
«Eso por ponerme celosa, Styles.»
La duda reinaba en la cara de los rojos, y en algunos de los azules que no estaban celebrando ya la victoria.

—Ups, fallé. –me encogí de hombros con una sonrisa inocente. 

·En el próximo capítulo·
—Buena puntería, Selley. –su voz a mis espaldas me hizo detenerme.
—Lo sé. Sobre todo cuando le di a tu pequeña perra en toda la cara. 

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