● _____:
—Levántate de una vez, Selley.
—Tengo el presentimiento de que estás intentando
levantarme un sábado a las nueve y media de la mañana, y no me gusta. –murmuré
contra la almohada, lo suficientemente alto para que me escuchase.
—Estoy armada con una botella de agua congelada. Si
no quieres sufrir las consecuencias, despierta.
—Tú sí que vas a sufrir las consecuencias. –me
desperecé para encontrarme a mi morena amiga, aparte de con la dichosa botella
en la mano, vestida con unos shorts negros completamente ajustados y cortos en
exceso, una básica blanca con el escudo del internado bordado y el pelo
recogido en una coleta alta, complementado con una bandana azul.
—Vístete. –lanzó a mi cara, mientras recorría su
atuendo con sorna, un conjunto idéntico al suyo.
—Me estás vacilando. –volví a dejarme caer cara a
la almohada mientras maldecía en todos los idiomas que conocía. Supe que no lo
hacía cuando un chorro de agua helada cayó en mi nuca, haciendo que me
levantase de la cama de un salto.– ¡Está bien, está bien! Estoy despierta. Pero
no me vestiré eso hasta que me digas el porqué de ello.
—Perteneces al equipo azul.
—¿El equipo de qué?
—No te enteras de nada, nena. –me empujó hasta
sentarme delante de la cómoda y empezó a peinar mi melena en una coleta como la
suya.– Aprovechando la ola de calor que han dado para esta última semana de
Mayo y la primera de Junio, suplicamos al director que nos permitiese hacer una
guerra de globos de agua. Y tú estás en mi equipo, en el azul.
—¿Y quién ha dicho que yo quiera participar? ¿Y
mucho menos vestirme así? –alcé el ceño.
—Yo. Y tienes cinco minutos para vestirte.
A regañadientes le hice caso y, literalmente, me
arrastró hacia el campus delantero. Los bandos ya estaban divididos. Al lado
derecho, los rojos, y al izquierdo, los azules. Un enorme recipiente color
beige contenía los cientos de globos llenos de agua a cada lado de la línea
divisoria establecida.
Observé uno por uno los jugadores del equipo
contrario, varios conocidos de vista, la mayoría de los actores que había
conocido en la obra, la hija del director y niña repelente, Catharine y Harry
formaban el grupo. Los de mi equipo, en el que estaban la mayoría de jugadores
del equipo de fútbol, Mía, Trevor y Samantha, se agruparon en círculo,
arrastrándome hasta él, para elaborar una jugada.
—¿Qué se supone que hay que hacer? –pregunté.
—¿Nunca has jugado a una guerra de globos? –me
miraron atónitos. Negué con la cabeza.
—Mmmm, como bien su nombre indica, tienes que
lanzar globos y dar a los del otro equipo. –miré irónica a Mía, dudando si lo había
dicho insinuando que yo soy idiota o dando a entender que el dicho de que las
rubias son tontas es falso, llevándose ella el primer premio. Sam rodó los
ojos, ignorando a la pelirroja.
—¿Tienes buena puntería? –asentí. No tenía “buena
puntería” tenía un maldito don. Aunque también era lo único que se me daba
realmente bien.– Genial. Pues la cuestión es coger un globo ¡y dar en las
partes nobles de los demás!
—Lo que Sam quiere decir… –recibió un codazo de
Aaron, un jugador del equipo.– Es que tienes que coger un globo y mojar lo
máximo posible a los del equipo contrario.
—Esa parte ya la había pillado. –el chirriante
sonido de un silbato nos hizo dispersarnos. Nos colocamos con un globo en la
mano, esperando el “ya”, como el otro equipo, por parte del profesor de
Educación Física.
—¿Preparados, alumnos? Listos… –su voz se hizo
lenta ante nuestras ganas de empezar a lanzar globos.– ¡Ya! –aun esperándolo me
cogió por sorpresa. El primer globo que lancé impactó de lleno en el pecho de
Jane. Aunque lanzar se me daba muy bien, era esquivarlos lo más complicado. En
solo un segundo diez globos caían sobre ti como nada. Intenté correr lo máximo
posible hasta conseguir otro globo, el que impactó sobre la espalda de alguien
que intentaba pillar uno, también, en el bando contrario.
Estaba empezando a divertirme.
Aunque no duró mucho cuando mi cabeza se ladeó
hacia un lado y mi ceño se elevó por las nubes. Planté mi vista en Catharine,
la que lanzaba globos sin ton ni son, y cada vez que asestaba uno, corría y saltaba
celebrándolo, a lo que Harry reía. ¿Esas tenemos, rubia?
Intenté que la ira no se apoderara de mí, fijando
un sujeto al que lanzar globos sin parar. El pobre chaval, que no debía ni de
saber de dónde caían tantos globos, padecía toda mi ira al completo.
—¡Qué bien lanzas, _____! –Aaron se acercó a mí, lanzando su globo y
dando de pleno en el pecho de una chica.– ¡Y qué bien lo voy a pasar cuando
toda la ropa esté transparentada! –soltó una carcajada, que acabó
contagiándome, hasta que un globo impactó en su cara. Seguí el trayecto de este
hasta ver cómo la hija del director lo celebraba. Y no precisamente con
saltitos. Se lanzó a los brazos de Harry, dándole un abrazo de oso. Un enorme
globo rosa fucsia ocupó completamente la palma de mi mano.
—Suelta a Harry, perra. –musité al lanzarlo, y este
impactó en su cara cuando tocó el suelo.
Me obligué a no volver a mirarlos en todo el juego,
mientras cada vez iban quedando menos globos. Jadeaba a no poder más del
cansancio mientras lanzaba un globo hacia la cabeza de un rojo.
Me tomé un descanso después de pillar otro globo, intentando
tranquilizar mi respiración, hasta dame cuenta de que todas las miradas recaían
en mí.
—Tienes el último globo del equipo azul. –me
susurró Trevor, al darse cuenta de que no entendía nada. Me acerqué un poco más
a la línea que dividía los campos. Cuál fue mi sorpresa al saber quién tenía el
último globo de los rojos.
Catharine Ellis sonrió con sorna, sosteniéndolo en
la mano. Tres segundos, que parecieron una eternidad, le tomó lanzarme el
globo. Esquivarlo fue tan fácil como dar un paso hacia atrás. Su sonrisa se
desvaneció a medida que crecía la mía.
Mis ojos estaban clavados en el blanco, y no dudé a
la hora de lanzar aquel globo, desviándolo un poco hacia la derecha e
impactando de lleno sobre unos rizos que ahora empezaron a chorrear.
«Eso por ponerme celosa, Styles.»
La duda reinaba en la cara de los rojos, y en
algunos de los azules que no estaban celebrando ya la victoria.
—Ups, fallé. –me encogí de hombros con una sonrisa
inocente.
·En el próximo capítulo·
—Buena puntería, Selley. –su voz a mis espaldas me
hizo detenerme.
—Lo sé. Sobre todo cuando le
di a tu pequeña perra en toda la cara.
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