lunes, 15 de julio de 2013

TREINTA Y TRES: SE CONVIERTE EN UNA ZORRA MÁS. [M]

● _____:

—Recuerda, hoy a la hora del almuerzo comeremos con los del equipo de fútbol americano. –sonrió entusiasmada. ¡No iba a funcionar para nada!
Salió de la habitación antes de que yo pudiese protestar. No tenía apetito, por lo que caminé directamente al aula de lengua. Amaba esa asignatura, pero no podían pedirme lo mejor de mí si siempre me tocaba a las primeras horas de la mañana.
—Buenos días…¿señor Fogg? –extrañada de que la clase ya estuviese abierta y por no tener que esperar, entré.
—¡Qué sorpresa verte aquí tan temprano!
—¿Está insinuando algo? –dije acercándome a la mesa de este, después de dejar el material sobre la mía.
—Quizás que siempre tengo que esperar un cuarto de hora por ti antes de empezar la clase. Tus compañeros deben de estarte agradecidos.
—¡Tampoco se pase! Lo de hoy compensa los demás días. –me senté en el reposabrazos de su silla y cotilleé lo que estaba haciendo.
—Sabes que no me gusta que me trates de usted, me hace sentir mayor.
—Vale, colega. –bromeé ante lo verdaderamente raro que sonaba.– Tengo sueño. Déjame dormir en clase, te lo suplico. –ahora lo miré a él y crucé los dedos.– Prometo no llegar tarde nunca más. –puse la mejor cara de cachorro que sabía hacer.– No tiene más que fijarse en mis ojeras.
—No puedo hacerlo, _____. Me acusarían de favoritismo. –bromeó.
—Dime la verdad. ¿Quién es tu alumna favorita? –pasé lentamente un brazo por su cuello hasta abrazarlo completamente.
—Tú, por supuesto. –ironizó.
—¡Oye! Si lo dices de br…
—Buenos días. –aquella voz grave, que yo conocía de sobra, nos interrumpió. Solo cinco segundos le bastaron para observar la escena, antes de sentarse en su silla. Me levanté rápidamente y me coloqué bien la falda.
—Tú y yo vamos a tener una conversación muy seriamente. –susurré al profesor con mirada de odio y, aburrida por la espera, me senté en mi sitio. En pocos segundos la clase comenzó a llenarse y el timbre no tardó en sonar. Conocía de sobra la táctica de dormir con los ojos abiertos y volví a clavar la mirada, justo como el día anterior en la ancha espalda del profesor.
E igual de perdida me encontraba en las demás clases, en las que tenía que molestarme en disimular bastante más. Hasta la última hora, ciencias.
El laboratorio ya estaba completamente reconstruido. Y seguramente la profesora de ciencias se lo pensaría dos veces antes de dejarme volver a realizar alguna de las prácticas. Tan pronto como tomé asiento, aquella cincuentona de pelo cobrizo canoso me lanzó su mayor mirada de odio, con el ceño en alto. Cada vez que esta empezaba a explicar la elaboración de las diferentes mezclas, algunos de mis supuestos compañeros se giraban y me sonreían. Otros ni se molestaban en ocultar las carcajadas.
Maldije por el pasillo cuando salí de allí de camino a la cafetería. Otra de las cosas que ahora hacía usualmente, echar la culpa de todo a otros. Quizás yo lo había explotado, ¡pero había sido su culpa! Aquellos rizos me habían torturado desde el día que llegué y en aquella clase no fue mi culpa echar un par de gotas más de aquel producto altamente inflamable.
Me recorrió la melancolía de esos tiempos en los que el castaño era todo lo que odiaba y repudiaba en una persona sola. Esos “tiempos” –no tan lejanos, pero demasiadas cosas habían cambiado, por desgracia– en los que juraba que no me acercaría a él a menos de tres metros. Que al quebrantar aquel juramento solo había conseguido lo único que no quería.
Ser una más.
Y eso es lo que era ahora.
Me planté ante aquellas puertas blancas. Ahora tocaba actuar y fingir. Y eso se me daba de miedo. A excepción de que en este caso el papel no me gustaba ni habría un beso al final del último acto como recompensa. A estas alturas dudaba que hubiese algún beso más.
Tan pronto me vio, Sam me saludó con la mano, sonriente, e indicándome que me acercase a la nueva mesa. Prácticamente la cafetería estaba dividida en tres bandos, las tías en la mesa de Harry, la mesa de los del equipo de alguno de los deportes, y los demás.
Me senté entre Sam y Aaron. Con la mala suerte de estar justo en frente de Erik. Las miraditas insinuantes volvieron. Era hora de actuar lo mejor posible.

● Harry:

—¿Estás seguro de lo que viste? –preguntó Zayn, mientras todos me miraban con los ojos como platos. Las manos de alguna de las tías manoseaban nuestros cuerpos como si fuésemos muñecos, fingiendo atender a nuestra conversación, pero eran demasiado rubias como para entenderla.
—Completamente.
—Y eso que decía ser tan reacia a acostarse con alguien de aquí… –Louis posiblemente era el menos sorprendido.
—Solo lo era conmigo. –añadí. Esa teoría lo explicaba todo, pero calaba bien hondo.– Porque tenía “todo lo que detestaba en un hombre”. –burlé su voz con recelo.
—Pero al final lo hizo. Se acostó contigo. –quizás Niall intentaba arreglarlo, pero nadie en este momento conseguiría quitarme de la cabeza la imagen del panorama de la clase de lengua. No era lo mismo verlo de lejos, en la oscuridad de la noche, cuando podía haberme confundido, que la afirmación de hoy a la mañana. Y a saber qué habría pasado si no llego a entrar tan pronto.
—Y no sé por qué. Tanto como si fue por el calentón del momento, o porque como todas las adolescentes necesitaba sexo. Tampoco sé si fue conmigo porque quería que fuese yo, o porque estaba cerca de ella.
—O porque le gustas. –Liam insinuó las cejas. No me podía creer que aún mantuviese en pié esa posibilidad.
—Cualquiera de las teorías anteriores suena más convincente. En cualquier caso…–me deshice de los brazos de la rubia para ponerme de pié. Los cinco llevábamos toda la hora del almuerzo observando la “nueva _____”, sentada en la mesa de los jugadores del equipo de algún deporte, mal influenciada por la morena ninfómana de Sam, y consiguiendo otro tío.– No me voy a quedar a ver como ella se convierte en una zorra más.
—¿Te vas? –asentí a Zayn.
—Yo también pensé que ella era diferente.

● _____:

—Queréis hacer algo. Esta tarde. –afirmé lo que anteriormente habían dicho.
—Sí. Ya que hoy no hay club, y esta noche pensábamos beber un poco…de paso nos quedamos todos juntos por la tarde. –a todos les pareció buena idea la propuesta de Sam, pero para no variar, yo era la excepción. Y aquella larga frase que había utilizado para que sonase más natural, se traducía en un “Pillar un par de tías más y sexo hasta la hora de beber”. Utilicé todo mi repertorio de excusas para negarme a participar, aún bajo la presión de la mirada reprochadora de Sam. Esa que decía algo como “¡Estás haciéndolo todo mal”. Buscando una excusa más convincente, advertí una mata de rizos salir por la puerta, y luego dirigí mi mirada, disimuladamente, a su mesa. Él ya no estaba.
—Lo siento, guapos, tenéis que disfrutar sin mí hoy. –lo dije todo, ya de pié, y con un brazo sobre los hombros de dos tíos. El escote que llevaba con los dos primeros botones sueltos, por petición de Samantha, pasó a ser el punto de mira principal.– Os lo compensaré el próximo día. –les guiñé un ojo, me despedí con la mano y la mejor sonrisa de furcia que pude imitar, para salir a paso rápido de allí. Por lo menos Sam se había quedado contenta con mi frase seductora, inventada a toda prisa en cinco segundos.
—Sé que no fueron imaginaciones mías…–susurré cuando al salir él ya no estaba. ¿¡Qué se me había pasado por la cabeza al seguirlo!? Rápidamente volví a abotonar la camisa, ser una furcia no iba para nada conmigo. ¿Y qué hago ahora? Salgo corriendo siguiendo un impulso, cuando casi todo el mundo está comiendo. Me negaba a encerrarme en la habitación de nuevo, así que comencé a caminar por los pasillos del edificio. Por lo menos así no tenía que hacer nada que no quisiera con aquellos pervertidos, y evitaba las miradas del violador de Erik. Seguí caminando y encontrando puntos positivos a mi huida, hasta que me pareció escuchar música salir de la puerta que tenía al lado, la del salón de actos. Una música que yo ya conocía de sobra.


·En el próximo capítulo· 

—Tú querías un abrazo y yo un beso. Estamos en paz. 

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