● _____:
—Recuerda,
hoy a la hora del almuerzo comeremos con los del equipo de fútbol americano.
–sonrió entusiasmada. ¡No iba a funcionar para nada!
Salió de la
habitación antes de que yo pudiese protestar. No tenía apetito, por lo que
caminé directamente al aula de lengua. Amaba esa asignatura, pero no podían
pedirme lo mejor de mí si siempre me tocaba a las primeras horas de la mañana.
—Buenos
días…¿señor Fogg? –extrañada de que la clase ya estuviese abierta y por no
tener que esperar, entré.
—¡Qué
sorpresa verte aquí tan temprano!
—¿Está
insinuando algo? –dije acercándome a la mesa de este, después de dejar el
material sobre la mía.
—Quizás que
siempre tengo que esperar un cuarto de hora por ti antes de empezar la clase.
Tus compañeros deben de estarte agradecidos.
—¡Tampoco
se pase! Lo de hoy compensa los demás días. –me senté en el reposabrazos de su
silla y cotilleé lo que estaba haciendo.
—Sabes que
no me gusta que me trates de usted, me hace sentir mayor.
—Vale,
colega. –bromeé ante lo verdaderamente raro que sonaba.– Tengo sueño. Déjame
dormir en clase, te lo suplico. –ahora lo miré a él y crucé los dedos.– Prometo
no llegar tarde nunca más. –puse la mejor cara de cachorro que sabía hacer.– No
tiene más que fijarse en mis ojeras.
—No puedo
hacerlo, _____. Me acusarían de favoritismo. –bromeó.
—Dime la
verdad. ¿Quién es tu alumna favorita? –pasé lentamente un brazo por su cuello
hasta abrazarlo completamente.
—Tú, por
supuesto. –ironizó.
—¡Oye! Si
lo dices de br…
—Buenos
días. –aquella voz grave, que yo conocía de sobra, nos interrumpió. Solo cinco
segundos le bastaron para observar la escena, antes de sentarse en su silla. Me
levanté rápidamente y me coloqué bien la falda.
—Tú y yo
vamos a tener una conversación muy seriamente. –susurré al profesor con mirada
de odio y, aburrida por la espera, me senté en mi sitio. En pocos segundos la
clase comenzó a llenarse y el timbre no tardó en sonar. Conocía de sobra la
táctica de dormir con los ojos abiertos y volví a clavar la mirada, justo como
el día anterior en la ancha espalda del profesor.
E igual de
perdida me encontraba en las demás clases, en las que tenía que molestarme en
disimular bastante más. Hasta la última hora, ciencias.
El
laboratorio ya estaba completamente reconstruido. Y seguramente la profesora de
ciencias se lo pensaría dos veces antes de dejarme volver a realizar alguna de
las prácticas. Tan pronto como tomé asiento, aquella cincuentona de pelo
cobrizo canoso me lanzó su mayor mirada de odio, con el ceño en alto. Cada vez
que esta empezaba a explicar la elaboración de las diferentes mezclas, algunos
de mis supuestos compañeros se giraban y me sonreían. Otros ni se molestaban en
ocultar las carcajadas.
Maldije por
el pasillo cuando salí de allí de camino a la cafetería. Otra de las cosas que
ahora hacía usualmente, echar la culpa de todo a otros. Quizás yo lo había
explotado, ¡pero había sido su culpa! Aquellos rizos me habían torturado desde
el día que llegué y en aquella clase no fue mi culpa echar un par de gotas más
de aquel producto altamente inflamable.
Me recorrió
la melancolía de esos tiempos en los que el castaño era todo lo que odiaba y
repudiaba en una persona sola. Esos “tiempos” –no tan lejanos, pero demasiadas
cosas habían cambiado, por desgracia– en los que juraba que no me acercaría a
él a menos de tres metros. Que al quebrantar aquel juramento solo había
conseguido lo único que no quería.
Ser una
más.
Y eso es lo
que era ahora.
Me planté
ante aquellas puertas blancas. Ahora tocaba actuar y fingir. Y eso se me daba
de miedo. A excepción de que en este caso el papel no me gustaba ni habría un
beso al final del último acto como recompensa. A estas alturas dudaba que
hubiese algún beso más.
Tan pronto
me vio, Sam me saludó con la mano, sonriente, e indicándome que me acercase a
la nueva mesa. Prácticamente la cafetería estaba dividida en tres bandos, las
tías en la mesa de Harry, la mesa de los del equipo de alguno de los deportes,
y los demás.
Me senté
entre Sam y Aaron. Con la mala suerte de estar justo en frente de Erik. Las
miraditas insinuantes volvieron. Era hora de actuar lo mejor posible.
● Harry:
—¿Estás
seguro de lo que viste? –preguntó Zayn, mientras todos me miraban con los ojos
como platos. Las manos de alguna de las tías manoseaban nuestros cuerpos como
si fuésemos muñecos, fingiendo atender a nuestra conversación, pero eran
demasiado rubias como para entenderla.
—Completamente.
—Y eso que
decía ser tan reacia a acostarse con alguien de aquí… –Louis posiblemente era
el menos sorprendido.
—Solo lo
era conmigo. –añadí. Esa teoría lo explicaba todo, pero calaba bien hondo.–
Porque tenía “todo lo que detestaba en un hombre”. –burlé su voz con recelo.
—Pero al
final lo hizo. Se acostó contigo. –quizás Niall intentaba arreglarlo, pero
nadie en este momento conseguiría quitarme de la cabeza la imagen del panorama
de la clase de lengua. No era lo mismo verlo de lejos, en la oscuridad de la
noche, cuando podía haberme confundido, que la afirmación de hoy a la mañana. Y
a saber qué habría pasado si no llego a entrar tan pronto.
—Y no sé
por qué. Tanto como si fue por el calentón del momento, o porque como todas las
adolescentes necesitaba sexo. Tampoco sé si fue conmigo porque quería que fuese
yo, o porque estaba cerca de ella.
—O porque
le gustas. –Liam insinuó las cejas. No me podía creer que aún mantuviese en pié
esa posibilidad.
—Cualquiera
de las teorías anteriores suena más convincente. En cualquier caso…–me deshice
de los brazos de la rubia para ponerme de pié. Los cinco llevábamos toda la
hora del almuerzo observando la “nueva _____”, sentada en la mesa de los
jugadores del equipo de algún deporte, mal influenciada por la morena ninfómana
de Sam, y consiguiendo otro tío.– No me voy a quedar a ver como ella se
convierte en una zorra más.
—¿Te vas?
–asentí a Zayn.
—Yo también
pensé que ella era diferente.
● _____:
—Queréis
hacer algo. Esta tarde. –afirmé lo que anteriormente habían dicho.
—Sí. Ya que
hoy no hay club, y esta noche pensábamos beber un poco…de paso nos quedamos
todos juntos por la tarde. –a todos les pareció buena idea la propuesta de Sam,
pero para no variar, yo era la excepción. Y aquella larga frase que había
utilizado para que sonase más natural, se traducía en un “Pillar un par de tías
más y sexo hasta la hora de beber”. Utilicé todo mi repertorio de excusas para
negarme a participar, aún bajo la presión de la mirada reprochadora de Sam. Esa
que decía algo como “¡Estás haciéndolo todo mal”. Buscando una excusa más
convincente, advertí una mata de rizos salir por la puerta, y luego dirigí mi
mirada, disimuladamente, a su mesa. Él ya no estaba.
—Lo siento,
guapos, tenéis que disfrutar sin mí hoy. –lo dije todo, ya de pié, y con un
brazo sobre los hombros de dos tíos. El escote que llevaba con los dos primeros
botones sueltos, por petición de Samantha, pasó a ser el punto de mira
principal.– Os lo compensaré el próximo día. –les guiñé un ojo, me despedí con
la mano y la mejor sonrisa de furcia que pude imitar, para salir a paso rápido
de allí. Por lo menos Sam se había quedado contenta con mi frase seductora,
inventada a toda prisa en cinco segundos.
—Sé que no
fueron imaginaciones mías…–susurré cuando al salir él ya no estaba. ¿¡Qué se me
había pasado por la cabeza al seguirlo!? Rápidamente volví a abotonar la
camisa, ser una furcia no iba para nada conmigo. ¿Y qué hago ahora? Salgo
corriendo siguiendo un impulso, cuando casi todo el mundo está comiendo. Me
negaba a encerrarme en la habitación de nuevo, así que comencé a caminar por
los pasillos del edificio. Por lo menos así no tenía que hacer nada que no
quisiera con aquellos pervertidos, y evitaba las miradas del violador de Erik.
Seguí caminando y encontrando puntos positivos a mi huida, hasta que me pareció
escuchar música salir de la puerta que tenía al lado, la del salón de actos.
Una música que yo ya conocía de sobra.
·En el próximo capítulo·
—Tú
querías un abrazo y yo un beso. Estamos en paz.
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