● _____:
—Buenísima Selley. –me felicitó mi equipo, mientras
caminaba hacia las escaleras de la entrada principal. Aunque su mirada en mi
escote completamente transparentado, como las camisetas de todas las demás personas,
dejaba claro a qué se refería.
—¿El lanzamiento o mi sujetador transparentándose?
–me burlé y seguí caminando mientras oía sus carcajadas.
Decidí no quedarme con la mojadura encima, como las
otras ciento sesenta tías, y vestirme una camiseta que no dejase entrever hasta
el último poro de mi piel. Sam se había quedado persiguiendo a alguien y
pegándole con su bandana, así que no tuve más remedio que adentrarme sola en el
edificio.
—Buena puntería, Selley. –su voz a mis espaldas me
hizo detenerme.
● Harry:
—Lo sé. –se dio la vuelta, indiferente y con una
sonrisa triunfante, que demostraba lo bien que le sentaba haberme dejado
chorreando. Mantuve mis ojos en los suyos, por mucho que su camiseta estuviera
más que transparentada y su sujetador me llamase con un canto demasiado
tentador. Volvió a girarse para seguir su camino, hasta que se quedó quieta de
nuevo, se giró un momento, para añadir–: Sobre todo cuando le di a tu pequeña
perra en toda la cara. –me guiñó un ojo y volvió a su camino. ¿Desde cuándo se
había vuelto tan condenadamente sexy? Ella siempre había sido “adorable”,
bajita y con una forma de ser que incitaba a querer protegerla, y ahora mismo
sus caderas ajustadas en ese short negro, dejando sus largas piernas al
descubierto, y su camiseta transparentando más de lo que tapaba llevaba a todo
lo contrario, incitaba al mismísimo pecado. Negué con la cabeza para volver a
la vida real cuando ella ya estaba lo suficientemente lejos.
—Definitivamente estoy loco. –musité para mí.
«No, Harry, ella te vuelve loco.»
● _____:
—Podías currártelo más.
—Olvídalo Sam, no voy a llevar más maquillaje que
cara. Solo vamos a cenar en el campus, a lo picnic. –se encogió de hombros.
—Pero estamos a domingo, por la noche, te vistes,
te maquillas, una cena, un polvo y un lunes que se empieza con mucha energía.
–soltó el aire que guardaba contenido en los pulmones en forma de suspiro.–
Deberías soltarte el pelo por una noche, ¿sabes?
—Deberás esperar un poco más. –ironicé y volví a
clavar la mirada en aquel espejo. Aquellos pitillo negro se ajustaban a mí como
una segunda piel, una camisa vaquera con las mangas sobre los codos y una
cantidad de rímel, a mi parecer, excesivo, pues parecía que llevaba auténticas
pestañas postizas. Pero me había hecho largos tirabuzones en el pelo, y me
encantaban.
—¿Estás lista? –seguí a mi compañera de habitación,
de nuevo, hacia el campus delantero. Odiaba pensar que para la semana ya
estábamos a primeros de Junio y todos los exámenes caían juntos en ella. Pero
el jardín, de nuevo completamente iluminado en tonos naranjas y completamente
arreglado me libró del estrés.
Grandes manteles dispersados por el suelo, bajo los
árboles y una gran mesa en el exterior, de la que servirse todo tipo de
aperitivos. Si algo tenía de bueno este lugar era que se curraban las cosas.
Mientras Sam buscaba con la mirada el mantel de los chicos, yo encontré el de
los profesores, y en él, al señor Fogg hablando con la señora Doyle, profesora
de ciencias. Dudé en acercarme, pero cuando esta se levantó, llamé la atención
de Sam.
—Ahora vuelvo, tengo que hablar con alguien.
—Está bien, nosotros estamos bajo aquel árbol.
–señaló a la izquierda y no tardé en encontrar nuestro mantel. Asentí y me
dirigí al del señor Fogg, que me recibió con una sonrisa.
—Vaya, Selley, estás preciosa. –hizo que mis
mejillas se encendieran y me senté a su lado.
—Estoy aquí para que me dé las preguntas de su
examen. –susurré, como si de una operación de alto secreto se tratase. Me miró
con el ceño en alto.– Es broma, –alcé las manos, inocentemente.– vengo en son
de paz.
—Hazte rizos más veces y prometo dártelas. –bromeó.
—Son tirabuzones, inculto. –volví a mostrarme
enfadada.
—¿No eres capaz de pasar un minuto sin enfadarte
conmigo?
—No. Es insoportable, señor.
—¿Ah, sí?
—S…–no me dio tiempo a acabar de hablar antes de
estar tirada en el suelo pidiendo clemencia.–¡Pare de hacerme cosquillas, por
dios! –las carcajadas salían de entre mis labios, irrevocables.
—Y tú deja de enfadarte por tonterías y tratarme de
usted.
—¡Prometido! ¡Pero para! –sus manos se retiraron de
mis costados y me incorporé jadeante.– Gracias a usted, señor…–vacilé, pero
alguien aclarándose la garganta me cortó.
—Buenas noches, señorita Selley.
—Buenas noches, señora Doyle. –sonreí falsamente a
mi profesora de ciencias, que había vuelto con dos sándwiches en el mejor
momento y fulminé con la mirada al señor Fogg, antes de despedirme y volver
hacia mi mantel. Maldita vieja y malditos sus sándwiches de pavo.
—Por fin te dignas a aparecer. –me recibió Sam,
luego me incorporé a la conversación, o más bien fingía estar allí.
—Voy a por una lata de refresco. –susurré en el
oído de mi compañera y me levanté, con la necesidad de salir de allí y evadirme
de tanto grito.
La mesa que estaba dispuesta con los aperitivos y
los refrescos era enorme y estaba llena de todo tipo de tentempiés imaginables.
Observaba fijamente todos y cada uno de los refrescos mientras intentaba
decantarme por uno.
—Vaya, Selley, estás preciosa. –las mismas
palabras, y solo hizo falta que fuera su voz para desatar una estampida de
nervios en todo mi cuerpo.
·En el próximo capítulo·
—Si no me
cuentas lo que te pasa, no te dejaré ir.
—¿Juegas a
los psicólogos? –ironicé.
—Algo así.
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