miércoles, 31 de julio de 2013

CUARENTA Y UNO: CONFÍA EN MÍ, ¿QUIERES?


● _____: 
Me llevó el resto del lunes sacarme de la cabeza las malditas palabras de Catharine. Y aún me había confundido más cuando el profesor de educación física nos obligó a llevar bañador bajo la ropa de deporte. En resumen, mi cabeza estaba echa un manojo de pensamientos que deambulaban de aquí para allá.
—Semana de natación, Selley. ¿Te has leído el programa escolar cuando llegaste? –vaciló Sam mientras recorríamos juntas el pasillo, antes de separarnos a nuestras respectivas clases.
—La verdad es que no. –me encogí de hombros– Tenía cosas más importantes que hacer, ¡como idear un plan para escapar de aquí! –recordé– Deseché la idea en el mismo segundo en el que se me ocurrió. –admití.

El señor Jones explicaba, en un intento de buen profesor de natación, lo que debíamos hacer al meternos al agua, mientras yo especulaba a las demás chicas, haciendo crecer mi duda.
¿Estábamos en una clase o en un certamen de Miss “a ver quién lleva menos tela encima”?
Ignoré el duelo de miradas que se cocía entre ellas y recé por que la última clase del día terminase pronto, y ni siquiera me había metido aún al agua. Utilicé las numerosas veces en las que había tenido que recorrer el largo de la piscina en diferentes estilos como método de escape de la realidad.
«Te quiere más de lo que crees, Selley.»
Me reí interiormente, no me habría leído el reglamento del San Vicente, y ni siquiera me habría molestado en aprenderme el programa escolar, pero lo primero que me habían enseñado al llegar aquí es que Harry Styles no se enamora.
«Eres su chica y hay que estar realmente ciego para no verlo.»
Sí, su chica junto con todas las demás.
«Salid del agua.»
¿Ah?
La voz del profesor se había colado en mis delirios, la clase había terminado y era hora de cambiarse. Tardé de más en la ducha de esos vestuarios, a propósito para quedarme sola, entreteniéndome con el móvil. Lo dejé sobre la encimera mientras me vestía el uniforme cara a cara con el espejo. Era completamente diferente. No había ni rastro de la _____ Selley de hace casi tres meses. La malcriada maleducada que se creía demasiado para este lugar, la cual jamás contestaba de manera agradable se había convertido en una chica que no para de darle vueltas al mismo nombre en la cabeza las veinticuatro horas, que siente las famosas mariposas de los libros en el estómago y no sabe disimular un ataque de celos. La realidad en la cara dolía y me obligué a huir de ella, una vez más, largándome de allí.
[ … ]
—¿Dónde lo habré metido? –rebusqué mi móvil por todas partes.– Mierda.
Me lo había dejado en los vestuarios, por lo que no tenía manera de llamar a Sam. Y eso traía dos problemas, tenía que buscar el IPhone y a mi amiga para empezar la supuesta tarde de estudio, la que seguramente lo habría olvidado cuando el primer tío con intenciones pasase por delante de ella.
Cerré la puerta de la habitación con la llave como una bala y corrí hacia la piscina climatizada en la que hoy había hecho natación. Como no estuviera en el mismo lugar en el que lo había dejado, todos y cada uno de los alumnos de este internado conocerían a ______ Selley cuando alguien toca su móvil.
Por suerte la puerta de la piscina no estaba cerrada. Abrí una pequeña franja rezando porque no hubiese nadie, lo que corroboré cuando recorrí cada centímetro de la estancia con la vista. Quería mi móvil, no meterme en problemas. Cerré la puerta tras de mí con el máximo sigilo, pero el golpe seco se prolongó por toda la estancia en eco.
Los ojos se me iluminaron cuando mi preciado IPhone volvió a estar en mis manos. Lo guardé de nuevo en su sitio, –el bolsillo interior de la chaqueta de mi uniforme del internado– y volví a paso rápido hacia la puerta. Hasta que una voz me hizo detenerme.
—¿Así que ahora te gusta colarte en lugares prohibidos, Selley? –no identifiqué el dueño de esa voz hasta que me detuve al final de las gradas.
—Tú también estás aquí, Harry. –tenía intención de ignorarlo, hasta que  en lo que reparé en lo que  tenía entre dos dedos. Me planté de él antes de lo previsto y en pocos segundos estábamos cara a cara.– ¿Fumas? –utilicé un tono de afirmación, ni siquiera pretendía que pareciese una pregunta.
—No normalmente. –el cigarrillo estaba apagado, aunque advertí el encendedor en la otra mano, por lo que supe que mi inesperada entrada había interrumpido su labor.– Ya sabes, estamos en época de exámenes y miles de trabajos. –ahora ni mi presencia lo detuvo. Se llevó el cigarro a la boca y lo encendió. No tardé ni un segundo en arrebatárselo de las manos. A pesar de la repugnancia que me daba el hecho de tenerlo entre los dedos.
¿Nadie se había dado  cuenta de mi especial repulsión hacia aquella droga?
Odiaba infinitamente los efectos negativos que un solo trozo de papel como este podía producir al organismo y había visto suficientes caras de dolor de mis amigos del antiguo instituto, al perder a seres queridos por culpa del tabaco, que estaba segura de no querer vivirlo en un futuro.
—¿De verdad vas a joder tu vida por un trozo de papel que envuelve toda basura cuanta hay?
—Dame eso, _____.
—No. Cómprate una pelota antiestrés si estás agobiado. 
—No juegues con fuego, porque vas a quemarte.
—Pues qué mala suerte tienes de que esté aquí, querido. –dije deshaciendo con la punta de mis Vans aquel cilindro de papel en el suelo  y oí un gemido de frustración escapar de sus labios. Se masajeó la sien con los dedos índice y corazón de ambas manos.– ¿Estás ebrio, Harry?
—No estoy ebrio, Selley. Solo estresado, y luego llegas tú y me das dolor de cabeza. –fruncí el labio ante lo malagradecido que era y, después de haber evitado que cogiese un cáncer, tenía intención de largarme, por lo que me dispuse a bajar de las gradas.
—De nada por salvarte de una muerte segura. –antes de que pudiese bajar la última grada, su mano se enroscó en mi muñeca y pegó nuestros cuerpos.
—No, mi amor, no me dejas sin el último Marlboro y te vas de rositas.
—¿Qué insinúas que te debo? –la verdad es que no pensaba darle nada.
—Vas a librarme del estrés. –no pensé que llegaría tan lejos hasta que sus manos se colaron bajo mi falda y acariciaron mis glúteos.– Encaje, seguramente negro, y además culote. Qué sexy Selley.
—No te molestes en ser culto conmigo, venga suéltalo. Lo que quieres es un polvo que te haga olvidarlo todo, pero ¿sabes qué mi amor? , –imité el apodo que él había usado con tono irónico– yo no soy una cualquiera, conmigo las cosas no funcionan así. Así que lo único que voy a darte es el placer de acompañarme a la puerta mientras me largo. –me revolví hasta que conseguí que me soltase y caminé de nuevo hacia la gran puerta.
Después de un par de metros tuve la sensación de que caminaba sola, y así era, me giré para descubrir a Harry en ropa interior.
—¿Qué coño se supone que… –se zambulló en el agua, para poco después  salir a la superficie–…haces?
—Métete.
—Ni de coña. –vacilé y seguí mi camino, me di la vuelta con intención de decirle adiós, pero una prenda completamente mojada se estrelló en mi pecho. Sus bóxer.– Estás en pelotas.
—Por lo menos yo tengo de eso. Rajada.
—No me retes, Harry. –lo amenacé. Sabía que tenía un orgullo el doble de grande que yo y que no dejaría que me fuese después de un reto.
—Soy el diablo, vengo para tentarte.  –carcajeó. Me estaba retando, ¡lo estaba haciendo, maldita sea!
—Ni de broma.
—¡Échale valor, joder!  –lo miré con el ceño en alto.– ¿Te metes o te rajas? –negué con la cabeza, vacilante.
—Me meto. –dije dejando caer toda mi ropa al lado de la suya, disponiéndome a saltar.
—Quieta ahí Selley. –me interrumpió.– Quítate las bragas.
—Ah no, eso sí que no.
—Cobarde.
—Solo si me prometes, o más bien asumes, una cosa.
—¿Qué?
—No vamos a tener sexo.
—Lo prometo. –alzó las manos sobre el agua, tenía los dedos cruzados.
—No voy a quitarme la ropa interior, pues.
—De acuerdo, así cuando vuelvas no llevarás nada bajo la falda. Y nunca se sabe, puede hacer mucho viento. –lo último que vi antes de saltar fue su mirada de autosuficiencia y un guiño de su parte.
Se acercó a mí cuando salí a la superficie, y no sabía a qué debía atender, a sus caderas desnudas acercándose a las mías o a sus manos deslizando las tiras de mi sujetador por mis brazos. Intenté alejarme de él, pero su afán por quitarme el sujetador era tan fuerte que volvió a coger una de mis muñecas para conseguir quitar el broche. Entonces retrocedí hasta toparme con una esquina, mientras el lanzaba aquella prenda con las demás. No podía retroceder más y solo estaba cubierta por el mísero trozo de encaje, –cierto, antes no se había equivocado con la descripción de mi ropa interior– y para más él se acercaba. Como si leyese mi mente, me señaló con el dedo.
—Te las quitas tú o te las quito yo. –amenazó, y siguió señalándome. Me quedé mirando como sus rizos goteaban agua por su frente, las gotas seguían el recorrido por el cuello, para finalmente acabar en su pecho y volver de nuevo a la piscina.
—A la mierda las bragas. –me maldije por pensar en alto y me deshice de mi última pieza de ropa. Entonces Harry volvió a pegarse a mi cuerpo, y yo no podía retroceder.
—Me prometiste que no habría sexo, Harry.
—Y no lo va a haber.  Confía en mí, ¿quieres?
—¿Y qué se supone que vamos a hacer los dos desnudos en una piscina? –vacilé. 
—Pasar el rato. –se encogió de hombros – Estás conmigo, así que no necesito nada más.
Volví a quedarme embobada mirándolo. No me importaba que quizás aquello se lo dijese a todas las demás tías del internado para conseguir una noche con ellas, en este momento me lo había dicho a mí.
 
Y me había hecho pensar e imaginar veinte mil cosas seguramente no legales. Maldita sea Harry, ¿Por qué siempre me tientas a mí?
 
—Tengo que preguntarte algo. Así que vamos a jugar a las cinco preguntas.
 
—De acuerdo. –dijo acercándose.
 
—No te acerques tanto, me pone nerviosa. -sonrió de lado.
 
—¿Eso cuenta cómo pregunta? –vaciló con intención de pegarse a mí. Y si ya sentía vergüenza por estar desnuda con él en una piscina, más la sentiría si pegaba aún más. Me escabullí por la derecha y avancé hacia el centro de la piscina.
 
—No.
 
—Si quieres preguntarme, no huyas. –bufé y dejé que se acercase hasta el centro de la piscina.

¿Por qué haces esto conmigo? 
—¿El qué? ¿Estar en una piscina?
 
—No, o sea sí. Estar conmigo. ¿Por qué?
 
—Porque me gusta estar contigo. –se encogió de hombros.
 
—¿Y por qué yo? –insistí.
 
—Eh, me toca preguntar a mí. –rodé los ojos y le concedí la pregunta– ¿Me besarías? –mis ojos se abrieron y mis mejillas empezaron a arder.
 
—¿Qué?
 
—Voy a contarte eso como pregunta.
 
—Perdona por impresionarme si me pides que te bese. –ironicé.
—¿Lo harías? –distraída con las preguntas no me di cuenta de que se había pagado tanto.
—Sí. –borró el ápice de asombro que empezaba a dejarse ver en sus ojos mientras yo preguntaba.– Ahora responde, ¿Por qué yo?
 
—No me has besado.
 
—¿Qué?
 
—Deja de gastar preguntas, no me has besado. Dijiste que me besarías y no lo hiciste.
 
—Pero... No era un reto, solo era una pregunta. Y tú tampoco respondiste a la mía.
 
—Entonces... voy a besarte yo, y luego a responderte. –aunque me había avisado, su beso me cogió por sorpresa. Sus manos se deslizaron bajo el agua hasta la zona baja de mi espalda, alzándome contra él. Mis brazos pasaron alrededor de su cuello mientras el beso subía de tono y su lengua jugaba con la mía. Y lo más importante seguramente fuera que cumplió su promesa. No estaba intentando que cediera a tener sexo, no me estaba forzando, como cuando llegué, solo me estaba besando. Sin segundas.
 
Protesté con un gemido cuando separó sus labios un único centímetro, solo para responderme.
 
—Piensa, Selley, ¿con qué otra podría estar aquí? ¿Qué otra me vuelve lo suficientemente loco para retarla de esta manera? ¿Quién es tan bipolar como para acceder a bañarse conmigo desnuda y al día siguiente gritarme? Ni quiero estar aquí con alguien más ni otra sería merecedora de estarlo.
—Con eso da por agotadas todas tus preguntas. –dejé un suave beso en sus labios.
 
—Y tú aprovecha la última, no la gastes con un "qué".
—¿Qué estás pensando, Harry?
 
—Que me importas.
 



·En el próximo capítulo· 
—No tienes que recompensarme nada, –susurré.– Siempre voy a estar ahí para protegerte porque...
—Soy tu chica. –me costó oírlo, debido a que su voz se volvía más queda por el sueño.
—Porque eres mi chica. Y yo...yo también...

2 comentarios:

  1. Podrás flipar, pero las mariposas que siento en el estómago cuando leo tu novela aumentan por segundos. ¿Porqué nos haces esto?

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  2. NECESITO QUE SUBAS 173 CAPITULOS POR DIA! Tieneees mas novelas? Aunque sean antiguas?

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